viernes, 1 de noviembre de 2013

Psicópatas

Querido lector: no resultará sencillo explicarme en esta publicación, como tampoco será fácil para usted leerme y mucho menos, creerme. Puede que esté leyendo el delirio absoluto en donde el anhelo a la ficción se ha difuminado con mi percepción de la realidad; puede también que esté leyendo una tergiversación de las cosas hacia un punto de vista favorable para mí que justifique las lesiones de mi personalidad o puede, en una azarosa coincidencia, que esté leyendo la hipótesis correcta sobre el desarrollo de mi persona con un pronóstico de tinte profético; honestamente no sé lo que usted está leyendo además de letras virtuales.

Habiéndole advertido en tiempo y forma, comienzo entonces con el texto oficial.

Soy fanático de la serie "Dexter". Lo que comenzó como una recomendación para un amigo hacia un programa que vi casualmente y en un solo capítulo, se convirtió en una obsesión. Dudo ser el único que se identifique con el personaje, pero tal vez sí el único tonto que se ha inspirado, e incluso, adecuado un poco a su comportamiento por lo visto en una serie basada en un puñado de libros un tanto brillantes.

Hace casi un mes inició la última temporada de esta serie. Uno de los personajes, la Dra. Vogel, reconocida psiquiatra cuyo apodo profesional es "La encantadora de psicópatas" debido a sus diversas publicaciones en el ramo de la psiquiatría criminalística, le recuerda constantemente a nuestro personaje principal lo psicópata que es y lo mucho que admira "su condición", exaltando incluso, su labor.

En varios capítulos se ha encargado de definir algunas de las características de los psicópatas, incluyendo, también, algunas de las causas que los originan, como las neuronas. Varios de esos capítulos me han ayudado un poco a entender el perfil del psicópata, sobre todo, porque recuerdo un par de especiales transmitidos por la cadena Tve en su programa "Redes". Uno de ellos, hablando del Perfil Psicópata y en el siguiente, hablando sobre su impacto y rol social.

Lo que me resulta un poco escalofriante es que, anteriormente, no creía poder categorizarme en este padecimiento. En realidad, no había mostrado síntoma alguno de psicopatía: soy una persona amigable y de cierta forma, altruista, preocupada por el bien común y social... Hasta que comencé a reflejarme en algunas de sus características y la duda me atacó sorpresivamente: ¿Se nace siendo psicópata o no? y de ser así ¿me estoy convirtiendo en uno?

En mis anteriores posts había hablado sobre la necesidad de fingir y las múltiples máscaras que he llegado a interpretar generando una crisis de identidad. ¿Mi
verdadera identidad es ser el más grande embustero que hasta se engañó a sí mismo? Y si me ha leído con frecuencia, habrá leído también sobre mi fallida y mecánica personalidad empujada, mayormente, por odio y amargura.
Tal vez el hueco de personalidad era, más bien, el camerino donde mi psicópata preparaba su siguiente acto esperando ser elogiado por su apasionado papel, personaje que él mismo llegó a creer que era.

En este momento, le pido un favor, estimado lector: reproduzca el siguiente vídeo  y no lo pause hasta que haya terminado de leerme, me gusta pensar que su música ayuda a la comprensión.

http://www.youtube.com/watch?v=J3zyCkpDHq0&list=PLYp1WzX9PMTZWqi69ZSd8Q-Lc5iBSqPU-

Nadie, ni usted ni yo, se salva de haber tenido una o varias experiencias traumáticas que le hayan marcado. Yo, con el órgano bombeante en mano, puedo garantizar que he tenido varias en mi infancia que no he podido borrar.

De niño algo ya andaba mal en mí. Aún recuerdo que, por las noches, llegué a tener varios ataques esquizofrénicos mientras me encontraba sonámbulo. Supuestamente, un psicólogo dictaminó que era estrés lo que me tenía alterado. Yo aún temo que esos capítulos nocturnos  y demenciales algún día regresen...
En  ocasiones, pude odiar con tanta intensidad a mi hermano mayor, convencido de que él destruía mi infancia, que por las madrugadas, me paraba con un cuchillo en mano frente a su cama y pensaba en apuñalarlo varias veces. Para mi suerte y la de él, cobraba la cordura para cavilar sobre las consecuencias de aquello... pero desde entonces, hay algo en mí que yace dormido. 
Estaba en secundaria y solía asistir a las fiestas de mis compañeros, aunque nunca llegué a embriagarme como ellos. Mi música y yo teníamos algo en común: en cuanto nos presentábamos, ya querían quitarnos. Nunca fui muy popular en la escuela... y honestamente, no tenía el carácter para hacerlo, ya que recuerdo el montón de veces que me arrinconé a observar a todos con intriga y curiosidad: ¿Por qué ellos pueden ser felices y yo no?

En algún momento, harto de la indiferencia con que me trataban y de las burlas de un compañero, en plena fiesta me metí a la cocina, tomé un cuchillo, salí a la cochera dónde él estaba, lo tomé por la espalda y posicioné el filo en su cuello a punto de degollarle... pero en ese momento clave, me detuve y sigo sin saber por qué.
Tiempo después, aún en la secundaria, tuve un mal día por la mañana y al despertarme, con un corte de cabello que temía criticaran, tomé un hacha corta y la metí a mi mochila. Al llegar a clase, cuando la primera burla llegó a mis oídos, le mostré a mi compañero el hacha con un carácter insinuante. Mi colega entró en pánico y bastó con que saliera confiadamente al baño para que me delatara a mis espaldas.

No es la primera vez que fantaseo con violencia y venganza. He tenido el deseo de lanzar una granada a una pandilla que me propinó una golpiza a los 16 años, golpiza de la que aún conservo cicatrices.
A pesar del todo el tiempo que ha pasado desde que terminé con mi ex, varias veces la he imaginado atada, desnuda, sufriendo pequeñas torturas que ella misma, en algún momento, confesó oscuramente anhelar aplicarlas en alguien más. También he revoloteado en mi imaginación la manera en que disfrutaría torturar al remedo de hombre por el que me dejó... y no por la sensación de pertenencia, si no por el símbolo de traición y deshonor que ambos representan en mi vida.
Hace un par de meses comencé a cargar con una navaja por la posibilidad de volver a ser asaltado, y hay instantes en los que me he llegado a convencer que tengo más ganas de serlo para poder apuñalar a alguien que por el simple motivo de defenderme.
Masacres en plazas públicas, maleantes degollados, mujeres burguesas y elitistas torturadas, inclusive, a veces me gustaría portar un arma sólo para apuntarle a las personas, sentir su temor y pedirles que me respeten y admiren... ¿Estoy enfermo? Nunca he sido un aficionado del gore y la mutilación, siempre me ha parecido algo grotesco cuando se convierte en el único objeto de contemplación, mucho menos de la putrefacción. Pero la sangre... no lo sé, algo me pide verla fluir.
La razón por la que no he hecho nada de esto es común: por el sentido de moral y de empatía; soy alguien empático y este es el síntoma totalmente opuesto a la psicopatía, no obstante, he notado como la capacidad de relacionarme mediante la afinidad se ha ido mermando. Tal vez mi red neuronal encargada de la empatía comienza a dejar de funcionar o... ¿sólo me aferro a creer eso como quien se aferra a la religión para negar un nuevo orden, menos estricto y más caótico? ¿Y si lo que yo creo sólo es un constructo con el que me engaño constantemente para negarme a mí mismo? ¿Un código que no me pertenece? 
Temo convertirme, tarde o temprano, en un psicópata. ¿Cuándo? En tiempo exacto no lo sé, pero sé que, después de tantas experiencias de violencia, de haber crecido con tanta impunidad en mano, un día no voy a poder con eso.

¿Y qué tipo de psicópata seré? Lo desconozco. Si es verdad que todo esto está dentro de mí, el genio desquiciado del que pudiera llegar a hacer uso una vez que aniquile mis escrúpulos es lo que más me consterna.

Las experiencias fuertes pueden cambiar a las personas y yo espero la enorme e ineludible roca que romperá el frágil cristal moral que en mis adentros divide a la persona del monstruo, porque esa bestia tras la vidriera no va a agradarle a nadie, lo sé porque lo distingo bien, lleva ya tiempo gestándose en mí entre narcisismo, egoísmo, mezquindad y violencia. Conozco a ese monstruo, lo he regulado siempre, lo he maquillado con altruismo, humildad, nobleza y templanza, lo conozco muy bien porque, en realidad, ese monstruo es posiblemente mi verdadero yo.

El texto ha terminado, lector, puede apagar la música ahora si así lo desea... De cualquier manera, el demonio que yace en mí estaba a punto de despertar.


Nota editorial: Esta entrada estaba programa para ser publicada a finales de Julio, pero por evidentes motivos personales, decidí no hacerlo.

miércoles, 26 de junio de 2013

Aprender a fingir

Los recuerdos de ella y yo, frotándonos entre ambos, dándonos la pasión que por separado no teníamos, siendo yo su actor y, ella, mi actriz porno favoritos... dejando en manos de las caricias el lenguaje que las (divinas) palabras ya no podían llevar. 

Es mentira: los caballeros sí tenemos memoria, y una muy fotográfica. Pero somos tan celosos de los recuerdos que guardamos en ella que fingimos no tenerlos, o mejor dicho, poseerlos (yo poseo éstos, y aunque sean para mí como erizos marinos, no quiero soltarlos por temor a olvidar que algún día visité el mar).

Hace poco discutía con un amigo la relevancia de los videojuegos en la vida personal y social y si podían (al igual que cualquier obra artística) representar un agente de cambio. Le resumí que los videojuegos eran una experiencia narrativa y conductual. Él respondió que la experiencia está sobrevalorada. Y en aquel momento pude concordar con la elocuencia que dio a entender su punto: ¿es la experiencia trascendente en la vida de un hombre mismo? Su respuesta es simple: no, todos morimos con nuestra propia experiencia. 

No obstante, para mí, esta experiencia amorosa me transformó en múltiples aspectos. Y al igual lo han hecho otras, desde las más triviales hasta las transgresoras, de las más personales a las más ajenas. 

¿Habrá, por ejemplo, alguien que haya vivido el 11/S que no lo recuerde como algo que le cambió? ¿Alguien a quien algún asesinato masivo no le haya perturbado en su concepción de locura y humanidad? ¿Qué podríamos especular de las personas que dieron su vida por otras y aquellas víctimas salvadas le han rendido honor con bondad y activismo? 

Cada experiencia que vivimos se queda en nuestros recuerdos, y aunque cada recuerdo fuera una interpretación personal según la emotividad que nos haya provocado, es en ese proceso de reinterpretación donde ya nos hemos transformado, ya no somos los mismos de antes.

¿Y olvidamos? ¿Realmente olvidamos a las personas o sólo las reducimos a algo insignificante? Las canciones populares nos han enseñado la importancia de olvidar, pero nada más absurdo que eso: jamás olvidamos. Olvidamos cosas pequeñas porque son cosas, en todo caso, podemos cosificar a las personas y olvidarlas, pero los recuerdos no son cosas, son esencia. Nos formamos de historias, porque las historias son recuerdos transferidos. Puede que la memoria nos juegue mal, pero cada quién y cada cual podrá hallar momentos ajenos que nos trasformaron, momentos que nunca nos pertenecieron o que, en un grado socialista de pensamiento, siempre le pertenecieron a todos. Y cuando todo esto aterriza en nuevas acciones, en nuevas historias, en nuevos recuerdos, hemos ya traspasado la barrera de la muerte, al menos, de la propia. 

Lo que vivimos nos marca, nos genera algo para memorizar "sin querer", pero cuando cumplamos 70 u 80 años estaremos hablando de lo único que nos queda por hacer: contar historias de cómo nuestros tiempos eran diferentes, de que nuestras locuras tuvieron consecuencias y de dónde está lo que otros tardan tanto en buscar, porque en la senectud nos damos cuenta que la vida se resume en recuerdos y algunos (una gran mayoría) se lamentará con llantos en forma de ciprés por apostar a la vida segura y tranquila; esto por jamás haber buscado generar momentos para filmar dentro de su cabeza. 

Y todas esas marcas no se van... todos esos collages de felicidad, tristeza, dolor, ternura, contemplación, relajación, de locura y desesperación, están en nuestra cabeza como en el estudio de un fotógrafo, recordándonos nuestra trayectoria. Podemos fingir que muchas cosas nos hicieron daño y que ya no importan, pero caeremos en el autoengaño rápidamente.  Nunca hemos dejado de sufrir las pérdidas, ni de extrañar a alguien, tampoco hemos dejado de amar y menos hemos dejado de odiar. Nos vemos como pelotas que cambian de color con el agua y la luz, cuando en realidad siempre hemos sido de todos los colores, como una canica que encierra todos ellos dentro en un arcoíris misterioso y diminuto. 

Es verdad lo que dice la canción: "todavía duelen los romances que ya son historia, ningún amor muere, sólo cambia de lugar en la memoria...", porque lo que aprendemos en la vida, debido a nuestra condición humana, es a controlar esos collages, darles un orden y guardarlos en cajas, en un almacén o un ático mental. Reajustamos nuestras vidas con cada golpe físico, emocional y existencial; nos torcemos y nos adaptamos, pintamos sonrisas y nos las creemos porque es sencillo y permite llevar una vida fácil: fingimos que nada nos ha pasado cuando todo nos ha afectado, fingimos que hemos superado todo cuando en realidad sólo le restamos importancia, fingimos que ya nos hicimos fuertes aunque la verdad es que nos hemos resignado a ser jodidos y jodidos quedarse. 

Eso resulta nuestra experiencia vivida: en resignarse y aprender a fingir, porque nadie quiere leer las letras pequeñas de las personas tan pronto se presenten. 

Hace dos días, una vieja amiga me confesó que la gente brillante le asusta, incluyéndome,  a lo que le pregunté el porqué habría yo de darle miedo y me resumió su punto: “Eres como una playa de noche”. Pude entender su metáfora de inmediato: abismalmente profundo, tan oscuro e impredecible, tan encantador y romántico que lo que puedan esconder mis aguas provoca terror. Lo que ocultan mis olas son experiencias, recuerdos, lo que he vivido… Y entiendo por qué a veces puedo lucir intimidante siendo un mar abierto, una inmensidad que te invita a sumergirte en ella sin garantizar tu salida. Nuevamente, descubres que no todos nacen para bucear y menos en costas ajenas.

Habré de aprender a fingir que he dejado de amar y de odiar, que nada me ha marcado porque soy fuerte, porque soy impenetrable, y aquí es donde podremos darnos cuenta de que los seres humanos nos parecemos a los árboles: vienen extraños a pintar o tallar nuestras maderas, algunos nos talan y esas huellas no se borran, ni después de muerto. La madera de los árboles persiste en materia como los recuerdos de la gente persisten en historias.

miércoles, 5 de junio de 2013

Mecanismos internos (Pasión, odio e inocencia).


"Mecanismos internos", es el eufemismo que utilizamos para describir todo lo que pasa en nuestros adentros, todo lo que nuestra mente procesa y de lo que no somos conscientes hasta que estos resultan en algo impulsivo, algo que no esperábamos. Incluso en nuestra misma persona buscamos el control absoluto pero no hay una edad específica, a diferencia de con la navidad, para decirnos que todo es un montaje, una ilusión, una dulce mentira para estar en paz un rato en lo que estamos listos (¿lo estamos?) para conocer la verdad: tales mecanismos no existen... o no al menos, para todos.

Desde hace un par de semanas tengo la inquietud de haber perdido un fuego dentro de mí. Me gustaría culpar, nuevamente, a Lorena por todo esto, pero lo cierto es que ese fuego ya estaba extinguiéndose antes de que ella llegara a mi vida. Por el contrario, ella fue un combustible artificial que hizo que todo ardiera salvajemente... y se consumiera pronto la leña en mi pecho. Ahora soy como el hombre hojalata, en busca de un corazón.

Pasé demasiado tiempo reflexionando sobre el comportamiento de las personas, analizando los roles de lo que me había sucedido (y sigue sucediendo), que tal vez no parezca pero logré controlarlos todos. Ahora, no soy un hombre, soy un cyborg. Todo lo que sucede dentro de mí está diseñado y totalmente calculado, me he regulado en mis interiores... He suprimido mi frenesí.

Es aquí cuando el término de mecanismos internos cobra su valor etimológico: Todo lo que sucede en mí es un mecanismo, ya no hay aleatoriedades en mi interior, todo sigue un estricto orden y control y ese, es mi principal desorden.

El único impulso del que soy acreedor es el de la inhibición. Pasé de ser el chico extrovertido y protagonista a otro simple mortal que quiere vivir inadvertido.
Es que la fama es un compromiso, como todo lo demás. No es verdad que creas fama y te echas a dormir; por el contrario, creas fama y tienes que estar constantemente peleando los focos de atención. El triunfo es un compromiso del mismo calibre, porque una vez que destacas, el mundo espera que sigas triunfando sobre ti mismo (¿de verdad somos tan desconsiderados?) y el amor no es la excepción: te exige entrega, compromiso, entusiasmo, te exige un harto de pasión.



Pero la pasión es para los corazones (y los estúpidos). Creo que por ahí quedó mi corazón atragantándose con su propia estupidez, pero no sé exactamente dónde lo tiré. He considerado varios puntos cruciales en mi vida como causa de este sumo apagón de vehemencia: El fracaso de mi carrera tecnológica, el fracaso amoroso de Lorena, el fracaso en la vida universitaria y los múltiples fracasos laborales donde no llegué a conseguir un ascenso.
¿Con qué cara le pedimos a otros que se comprometan a ciegas si nosotros no haríamos lo mismo? Ahí es donde radica el problema: el desengaño.

Ya no hay inocencia. No nos entregamos así porque sí porque también así porque sí nos hacen daño, nos embaucan, nos defraudan, nos hieren los sentimientos... "De ninguna manera caeremos de nuevo", nos repetimos aquella paráfrasis, porque ya no somos tontos, ya no somos niños que se engañan fácil, pero ¿de verdad queríamos dejar de ser niños? ¿Siempre deseamos ser adultos?

Les (nos) hemos vendido la idea de que ser adulto es lo máximo pero ya ni siquiera esa falacia está funcionando. De pequeños jugábamos a ser adultos pero de adultos ya no podemos jugar a ser niños porque no es propio (¿qué no lo propio es personal y no general?) de un adulto.
Los adultos somos androides. Somos carcasas y mecanismos bien aceitados. Somos todo lo que todos querían que fuéramos, y pocos tienen la suerte de ser lo que de niño querían ser: niños grandes con juguetes grandes. Cometemos el muy imbécil error de arrancarnos el corazón de adolescentes para ya no sufrir más y usar la razón, pero la misma razón, veinte años después, te dice que la única razón buena para quitarse el corazón es para suplirlo por uno nuevo. Entonces ahí vamos como los nuevos robots que la sociedad esperaba en sus filas.

Estoy apunto de cumplir 5 meses sin ir a terapia psicológica. Dejé de ir porque quien me atendía jamás supo desescombrar mis adentros, pero sí supo darme a entender que lo mejor para mí era dejar mis obsesiones (pueden llamarle pasiones, si gustan) y ser un poco más "normal".


MI niño interior se rehusó... aunque para el caso, él lleva desaparecido casi el mismo tiempo.

Desde (siempre) entonces me volví adicto a la ira. El odio me ha impulsado más que cualquier otro concepto noble que pudiera mencionar. Es el odio quien a conducido mis pasos en este adverso sendero.


El odio jamás fue malo, sólo estaba un poco incomprendido ¿saben? Es preferible moverse aunque sea por algo tan ruin que simplemente estar quieto, no hacer nada y ser otro espectador más del giro de 360 grados que da el mundo cada 24 horas. Ése es el único arrebato que de vez en cuando me queda: arranques de ira y odio desmesurado que me hacen sentir vivo, que me dan un color que no sea gris, que me da el calor del coraje para, al menos, no estar como mi amigo, siempre tibio
Ese amigo mismo incluso me confesó que todo su embrollo de haberse enredado con una prostituta no le hizo perder la cabeza, no como él esperaba que fuera, no lo suficiente para salir de su tibieza.

Otro amigo me confió lo mismo y es por eso que ha prosperado su Invierno.
¿Qué nos pasa hoy en día que encontramos en el nihilismo la única respuesta (insatisfactoria) a tantos cuestionamientos propios? Vamos buscando cometer estupideces día tras día tras día buscando sentirnos vivos porque ningún deseo ferviente nos mueve, ni siquiera la búsqueda desesperada de signos vitales en nuestras acciones se define como pasión: también es, casi, un proceso automático.

En cuanto a mí, bueno, es un fenómeno que tengo bien identificado: estoy en el eterno loop de no saber que hacer con mi vida, pues me encuentro en el punto exacto donde debería entregarme en cuerpo y alma a alguna de los cinco sueños que persigo, pero es tanta mi obstinación a quererlo todo, que no estoy dispuesto a sacrificar los otros 4 sólo para tener uno... Y aquí estoy, acampando en la bifurcación de mis caminos esperando a ver hacia donde correr (porque seguramente iré tarde) o a que alguien decida darme un aventón a cualquiera de los cinco sitios que pueda llegar. Por eso me mantengo tibio, quieto, inhibido: para no arriesgarme a entregarme a algo que no me va a dar frutos porque ya habría sacrificado otras cuatro posibles historias sobre mi vida.

Somos nosotros los drones los que tenemos mecanismos internos bien identificados, los que razonamos con nuestros propios flujos y los calculamos, los que convertimos el desarrollo humano en un proceso cuantitativo, los que jugamos con nuestras propias variables y anotamos los resultados, los que vemos nuestra personalidad funcionar como en una novela de Steampunk. Somos inteligencia artificial, preprogramada, porque no tenemos inteligencia real: la que proviene del descubrimiento, de la ingenuidad intrépida y divertida, la que proviene de la frágil y volátil inocencia.

"Ya las ganas de vivir sin ella las mismas no son, 
ya la mente piensa más y siente menos el corazón,
ya la vida, aquella apasionada, se enfrió sin dudas
y la emoción de una canción hoy es sólo un montón de arrugas". - Al2


martes, 7 de mayo de 2013

El Hijo Pródigo y la secuela censurada.

Quién no ha oído o leído esta completa historia bíblica sobre perdón, arrepentimiento y redención: El hijo descarreado que exige al padre la parte de su herencia y huye para despilfarrarla en banalidades hasta acabar en miseria, darse cuenta del mal que ha hecho y se redime regresando al padre pidiendo trabajo, siendo recibido con alegría y abrazado nuevamente por el padre misericordioso.


En su origen, San Lucas escribe esta historia como una forma de ejemplificar que todos somos pecadores y seremos perdonados ante dios, Todomisericordioso, si de corazón nos arrepentimos, pero por lo general, es lo último que pensamos al comparar este cuento con nuestras vidas.

Ésta parábola evangélica sirve de modelo para comparar muchas situaciones comunes en la vida de muchos de nosotros. Me atrevo a decir que no hay quién no haya sentido que ha dado todo por alguien querido al que cuidaba y procuraba y al final esta persona develó sus verdaderos intereses y se alejó. Muchas veces éstas mismas personas regresan tiempo después en busca, de vuelta, de aceptación. Es aquí dónde quiénes recordamos esta parábola ejercemos el perdón porque el cristianismo ha dejado claro que "Errar es humano, perdonar es divino", y que "todos somos pecadores y merecemos segundas oportunidades".

A simple vista pensamos en la forma indulgente del padre y de quien toma su ejemplo. No pensamos en las veces que esas indulgencias terminaron en, de nueva cuenta, un fraude, una traición más trapera o en el mejor de los casos, la misma ofensa perdonada.

A uno no le cuentan las versiones alternativas de la historia, o peor aún, esa secuela nunca hecha pública. No le cuentan a uno que el hijo pródigo volvió a casa del padre, hizo su mejor esfuerzo por cambiar pero nunca lo logró y siguió siendo ese mismo cerdo egoísta que alimentaba a otros cerdos en un corral, o que posiblemente, en cuánto pudo, se emancipó porque jamás toleró la autoridad tácita del padre.
Jamás se nos cuenta que el padre jamás buscó al hijo, posiblemente bajo la indignación del oportunismo mostrado por su heredero. Tampoco se nos relata que el hijo pródigo en realidad jamás aprendió la lección, porque aunque las experiencias traumáticas nos marcan, fue hasta que la necesidad lo golpeó que supo dónde se encontraba mejor, más no reconocer su error. De ninguna manera fue revelado que el sucesor perdonado posiblemente aprovechara mejor los bienes de su padre ahora estando con él o que incluso pudo haberlo traicionado para quedarse con ellos. Nunca se contó que el hermano mayor jamás perdonó al padre por la ingratitud de tenerlo ahí y no valorarlo hasta que perdió a su otro hijo, tampoco se contó la posibilidad de que el hijo mayor le negó la ayuda al padre una vez siendo traicionado por el progénito redimido, a modo aleccionador por su ingratitud. No se nos mencionó siquiera la posibilidad de que el padre hubiera tenido que condicionar a su vástago exonerado para poder recibirlo de vuelta y depositar su confianza en él y que posiblemente el padre más de una vez sintió su espalda amenazada.
Viéndolo de esta forma, la parábola está incompleta: jamás nos narran como la hipocresía tuvo que reinar sobre la casa del padre porque una vez fracturando esa confianza, es difícil restaurarla con una pasional y efímera súplica.

No nos la cuentan porque es más fácil que todos sigamos siendo Padres misericordiosos mientras los primogénitos no son valorados y los frutos descarreados se aprovechan siempre de los padres. Pareciera que esa versión fue censurada con el único fin de hacernos sumamente tolerantes ante las hipocresías, las traiciones y las ofensas directas a nuestras bondades. Esa secuela, en apariencia, ha sido omitida de la parábola original, dónde la misma nos advertía que aunque el perdón es grande, también debemos ser cautos ante personas que jamás son aleccionados con los golpes de la vida, que jamás tienen la humildad de reconocer sus equivocaciones o, peor, sus propias faltas porque el orgullo les pesa, porque su ego es la armadura más fuerte que portan.

Esa segunda parte jamás contada pudiera habernos ahorrado el desesperanzador aprendizaje de que muchas personas no cambian porque jamás dan con el clavo de sus problemas o peor, porque ni siquiera les interesa. La gente no cambia, o por lo menos, los más ingratos y deshonrosos truhanes no lo hacen: siempre serán la misma escoria de siempre.

Los textos perdidos en el evangelio de San Lucas tal vez hubieran rescatado la  (inocente y a veces, ingenua) fe de muchos de nosotros porque, admitámoslo, una vez recibiendo el segundo cuchillazo por la espalda de la misma persona, poco queda hacer para sanar nuestra confianza en el resto de la gente.

Y lo que sucede es que, o confiamos en alguien nuevo y diferente y ahí depositamos nuestras esperanzas restantes o simplemente dejamos morir todo ese valle de ilusiones y nos amargamos el resto de nuestras vidas.

Alguien encuentre las hojas de ese "capítulo apócrifo" en la biblia y publíquelas en el más grande espectacular que encuentre, en todos los periódicos existentes y en las páginas más visitadas de Internet. Falta hace que alguien le diga a las personas del mundo que si hay algo que deben cuidar de sí mismos no es su virginidad física si no la sentimental, aquella que una vez atravesada termina derramando casi toda la inocencia que atesorábamos.

¿Por qué hablar sobre esto? Bueno, mi querido lector, es que habemos personas muy fuertes (y estúpidas, sin duda alguna) que nos rehusamos a dejar de creer en los extraños, a depositar la confianza a ciegas y perdonar incondicionalmente.

Hace 4 semanas mi ex novia volvió a mi vida y no le negué la oportunidad de salir de nuevo. Sabía que recién había cortado con el novio por el que dos veces me  terminó a mí y aún así acepté, porque confiaba en ella, porque la había perdonado, porque me importaba más el futuro que pudiéramos tener juntos que el pasado que hubiéramos tenido. Fui indulgente y fui muy feliz un par de semanas, hasta que ella volvió a salir con él... y un pequeño error mío la hizo cambiar de opinión. Le condicioné dejar el pasado atrás incluyendo a su exnovio y se negó, así como posiblemente el hijo pródigo, en un acto de rebeldía digno del ser egoísta que siempre fue, jamás aceptó la autoridad del padre.
Ahora se fue otra vez de mi vida, con todas las ilusiones de esa gran historia de amor. Mi hija pródiga huyó nuevamente con todo lo que este Padre misericordioso pudo otorgarle a uno de sus seres más amados. 



Terminé por entender que la confianza no se restaura una vez dañada, sólo se negocia y que los hijos pródigos nunca cambian, al igual que los padres misericordiosos no lo hacemos por la necedad de ser lo que siempre hemos sido. Terminé por entender que perdonamos estúpidamente, que el perdón SÍ es finito, hay que ganárselo porque no es barato.

Aprendí muchas cosas... ahora sólo me falta aprender a no confiar de nuevo.


"Así dice el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre! [...]"
Jeremías, 17-5



"Mundo sucio donde todos piensan sólo en ellos mismos, malditos mil veces, títeres del egoísmo."

martes, 19 de marzo de 2013

Rupturas

El Domingo 10 de Marzo fue mi último día de trabajo. Fue un día extraño pero, por suerte, benevolente, ya que el trabajo se interrumpió un par de horas porque la electricidad se fue. 


El día finalizó y me sentí bien por la despedida de mis compañeros, que no pasó de ser una simple novatada con agua. Me fui de ahí en bicicleta a mi casa y antes de que cantara victoria me accidenté en ella. El resultado fueron raspones y una clavícula rota. 



Estoy incapacitado. Debería estar buscando trabajo porque no tardo en verme acorralado por las facturas pero en estas condiciones no me lo darán. ¿Fui estúpido o fui víctima de las "entrópicas" circunstancias? Seguramente un poco de ambas respuestas.


Y es que siempre estoy caminando por la frontera de lo permisible, me encanta mantenerme al margen de los parámetros, retar la línea que divide el riesgo de la seguridad.

Pero he notado que eso lo hacemos todos, todos vivimos poniendo a prueba nuestra suerte. Si pensara que el universo lanza lecciones maniqueas de lo que debemos hacer, estaría en este mismo momento asegurándome que jamás tomaré decisiones sin tener opciones seguras pero no puedo hacer eso por dos simples cuestiones: soy demasiado espontáneo para afirmar tal disciplina y no creo en el destino.


Es por eso que me rompí mi clavícula: por ser alguien irregular por no decir "indisciplinado", así como también rompí mi estabilidad económica. Antier intenté ver "Duro de Matar 4.0" pero ya no la disfruté: ahora era consciente de lo frágil que es el cuerpo humano y de esa sensación de súper-hombre que Hollywood nos vende en cada película: se había roto mi sueño de invencibilidad.


Todo se rompe. He roto varias amistades por ponerlas a prueba y he roto relaciones amorosas por exigirles demasiado. He roto relaciones laborales por esperar responsabilidad de las personas y también he roto ropa por usarla en circunstancias inadecuadas. He roto expectativas porque francamente me da pereza sostener la idealización de alguien, así como he roto promesas porque el sentimiento de compromiso obligado es algo que sencillamente me aniquila. He roto corazones y han roto el mío; así, al igual que cuando algo se rompe, aunque lo pegues, ya no vuelve a ser igual: no lo disfrutas porque ahora lo tratas con cautela.


Posiblemente usted piense que soy un tonto, alguien que no mide las consecuencias de sus actos, pero permítame replicarle: está equivocado, mi pecado es ser ingenuo, como todos en esta sociedad. Todos rompemos todo porque no podemos saciar nuestro morbo de ver hasta dónde las cosas aguantan, de encontrar el punto de quiebre para así saber hasta dónde el horizonte nos permite caminar... Y por eso rompemos reglas, para saber cuándo realmente nos castigan. Por eso llegamos tarde, para ver cuánto tiempo se permite llegar. Por eso siempre buscamos bronca con alguien, para saber que aún se nos respeta. Por eso siempre estamos al filo de las infidelidades con un simple beso y terminamos en camas nuevas. Por eso coqueteamos con lo prohibido, nos acercamos a la oscuridad para constatar cuánto luz en verdad hay en nosotros. 



Todo lo rompemos, lo abrimos, vemos de qué esta hecho y la siguiente vez estamos seguros de que recibimos algo que conocemos. Realizamos todas estas barbaridades por la sensación de control y seguridad: destruimos todo para estar seguro de que nada nos puede traicionar.


Así es la ciencia: abre animales, pone todas las sustancias al límite de ebullición, de fusión o de solidificación porque siempre esperamos que haya "algo más". 

Y cuando lo conocemos todo, sabemos que dentro de las cosas, de los animales, no hay nada que pueda asesinarnos; caminamos por la vida con la certeza de que conocemos todos los trucos de lo que nos rodea... Luego llega lo nuevo y necesitamos romperlo, destruirlo, abrirlo nuevamente para dejar de sentirnos amenazados.

Con esa inmadura percepción de la vida, andamos. Hemos caminado 14 mil años destruyendo todo a nuestro paso sólo para sentirnos seguros, porque sólo poniendo las situaciones al límite, creemos que conocemos la frontera del ser humano. 


La especie humana (incluyéndome en ella) es un bebé que apenas recibe entre sus manos el juguete nuevo que llamamos "vida" y ya lo está destrozando por la curiosidad de saber qué es lo que tiene adentro.



Quizá este párrafo es lo que había dentro de mí y usted no lo hubiese leído si yo no me hubiera roto para que saliera...

miércoles, 20 de febrero de 2013

Castración

En mi trabajo entró una nueva compañera. En cuanto la vi me agradó físicamente: cabello rojizo, tono de piel moreno claro, alta y esbelta, caderas grandes, buenas piernas. Tenía un poco de todo, lo suficiente para llamarle la atención a cualquier hombre.
Por el sencillo hecho de ser alta, uno de mis jefes quiso "montármela", pero yo simplemente evadía esa idea porque ella hablaba de tener un novio feo pero que ama... Hecho que constatamos a medias, puesto que el novio Sí es estéticamente incapaz pero no constatamos su amor por él. Poco tiempo después, empezó de coqueta con todos los compañeros y fue cuestión de días para ver sus intensiones: calentar pijas y traer de lacayos a un par de compañeros, la maldad pura.

Hace poco me di cuenta qué, en efecto, soy un misógino consumado. Siempre he odiado a las mujeres por ser seres superficiales (y en el acto, rechazarme), por ser seres prejuiciosos (y en el acto, juzgarme), por ser animales impulsivos y a la vez calculadores (y en el acto controlarme y afectarme) y si en alguna ocasión llegué a tener empatía con ellas es precisamente porque comparto muchas cualidades: la sensibilidad, la visión maternal y la obsesión por el aspecto amoroso, obsesión de la cual, por cierto, estoy hasta el hartazgo de no poder con ella. 
No pretendo ofender a ningún género con esto, pero ya es momento de que alguien le diga a las mujeres que el género femenino está construido para ser un objeto del hombre.

Mi obsesión por el amor es una triste forma inconclusa de reencontrarme con mi yo.  Estoy, en su totalidad, resignado, a que no hay ser que me tolere o que pueda con mi obsesiva personalidad, personalidad que no estoy dispuesto a mutilar, porque, por lo general, quien somete es porque no quiere ser sometido.

Cuando leí el caso de Lisa Smith, francamente me horroricé: ¿Cómo es posible que una mujer someta a una tortura así a un hombre y llamarlo amor? ¿En qué momento dejamos de ver nuestro cuerpo como algo propio y le tememos a él mismo al grado de verlo como aberrante?
Precisamente a este tipo de mutilaciones son las que jamás me quiero ver sometido... Aunque en realidad, así estoy.

Llevo ya casi 18 meses de soltería. He tenido sólo dos encuentros sexuales y tres afectivos. En ambos encuentros sexuales las cosas no terminaron bien, pero en el segundo fui utilizado. En los encuentros afectivos, dos de ellos terminaron mal y uno me ha hecho cosechar una amistad que valoro mucho, pero mis necesidades van más allá de eso.
Necesito sentirme atractivo para el género femenino, alguien valioso, alguien autosuficiente; en el fondo, soy como cualquier hombre idiota tratando de ser el macho alfa de la tribu y tirarse a todas las hembras disponibles... Pero en el siglo XXI ser macho alfa es una cuestión clasista y de trucos baratos.

Desde que la infancia, siempre me he enamorado con facilidad. Idealizo fácilmente, esto debido a mi calidad irremediable de soñador. Gran parte de mi historia (y pueda que la de ustedes también) es una historia que gira en torno a una búsqueda de encontrarse conmigo mismo, conocer mi humanidad explorando otra humanidad de cerca, una historia de aprobación y trascendencia interpersonal, aquí el único problema, es que la mía se ha vuelto autodestructiva.

Al mismo tiempo, tengo una vida sexual fatal, que es lo mismo que una vida sexual oprimida. Las mujeres huelen mi sensibilidad y no he descubierto mejor repelente que ése, tal vez, por miedo, a toparse con algo que les rebase en el ámbito emocional. Desde secundaria, recuerdo, que las chicas que siempre se besaban con todos no lo hacían conmigo, aunque las circunstancias fueran similares. Esto también canalizó mi odio hacia el género femenino: ¿Eran paranoias o en efecto era yo esa excepción al momento de un encuentro sexual?
La única persona con la que tuve sexo desenfrenado terminó con alguien menos inteligente, sexualmente capaz y sensible que yo, así que fue como ser echado de ese último tren por ir de polizonte.

He conocido muchas mujeres en éstos dos últimos años y ninguna me ha conocido lo suficiente (o me ha conocido lo menos posible) para arriesgarse a tener algo conmigo. A esto habría que agregar el valor restante de que yo sea alguien clase baja, de convicciones firmes y con una vida social estancada por el trabajo.

Y llegó esa respuesta para mí como una epifanía. Me preguntaba: ¿Cómo puedo yo evitar que mi yo sexual/emocional controle mis acciones? Simple: castrándome químicamente.
He decidido deshacerme de mi sexualidad porque simplemente, para mí, es igual de inútil que ser llevado por tus papás a entrenar béisbol y terminar siempre en la banca porque todos creen que eres mal jugador.
No quiero una vida afectiva y sexual que sólo me va a hacer perder el tiempo y me regalará sufrimiento porque jamás va a consumarse. Uno puede leer en la historia a los grandes genios y jamás tuvieron muchos amigos y mucho menos, amantes, ¿por qué desperdiciarme con algo tan común?

Renunciaré a mi yo sexual para redescubrirme como un hombre que dejó de pensar con el glande, que rompió las cadenas de las feromonas, pero que sobre todo, quiere reescribir su historia. Así que busqué métodos para castrarme químicamente y la respuesta era simple: Fluoxetina, el antidepresivo.

Ésta noche, veré un par de películas porno, me haré una última paja y me iré a dormir. Al día siguiente, comenzaré un tratamiento intensivo para inhibirme emocional y sexualmente.

Como dije en anteriores ocasiones: Ya me había tardado en tomar esta decisión.

viernes, 1 de febrero de 2013

Escritura


Mi padre siempre intentó alentar mi escritura. Cuando cursaba la primaria, era un niño que aprovechaba cualquier actividad de la materia de "Español" para escribir largos cuentos y parrafos rebuscados, todo con tal de que la imaginación se descomprimiera ante la vida de un niño con padres un poco cuadrados.
Mi padre veía en mí esa chispa de escribir y soñar, siempre dijo que sería un gran cuentista, yo no estoy seguro de eso, pero sí hay algo de cuentero en mí.

No sé exactamente en qué punto de mi vida perdí la constancia para escribir y en qué otro punto me comenzó a obsesionar lo suficiente como para considerar que debía hacerlo.



Pero sé que lo que usted lee es causa de ello, de esa necesidad de forzarme a escribir. Si bien, yo no le presento a usted un contenido de calidad en su mejor formato, sí al menos, dejo constancia de la práctica que espero cosechar un día.

Hasta hace poco me di cuenta que todos los caminos en los que me siento relacionado tienen que ver con la escritura. Todos esos sueños de los que quiero tomar parte tienen que ver con escribir y decir algo con sentido, algo ingenioso y al mismo tiempo trascendente.
Me gusta escribir, incluso más que leer... Es axioma para mí que el comunicarme me causa una adicción sorprendente: es mi soma personal.

Me gusta escribir comunicados, redactar cartas, escribir argumentos y debates, escribir citas textuales, escribir correos, escribir notas, escribir canciones, escribir un cuento o improvisar una mentira escrita. Me gusta escribir descripciones, escribir poesía (en el supuesto de que pueda llamarla así), escribir pensamientos, ideas, ocurrencias, escribir juegos de palabras y escribir prosa. Escribir mensajes, escribir onomatopeyas, guiones y tonterías... Escribir para escribirse.Dice una frase de una canción que me gusta mucho: "yo no escribo letras, las letras me escriben", refiriéndose a la introspección y el autodescubrimiento que genera el hecho de escribir y reconocerse en silueta de sintáxis y argumento.



El miércoles conocí a uno de mis artistas favoritos. Es increíble lo que uno puede aprender de esas personas cuando tiene la oportunidad de que le resuelvan sus dudas. Para mí es tradición tratar de acercarme siempre en son de amigo a mis artistas antes de sus conciertos para preguntarles cosas que siempre quise saber de ellos, aunque casi todas tienen que ver en cómo son ellos como personas.

Ésta vez no fue la excepción pero me impactó mucho la determinación de él en considerarse un letrista y abogar por una música más consciente, menos monótona y más para públicos letrados. En algún punto de aquella soberbia ambición, me vi totalmente reflejado.

Hoy me encontraba en el trabajo y a escasa hora y media tenía ansiedad por las ganas de retirarme. Hubo un aleteo de ideas por toda mi cabeza en la tarde entera y no me podía perdonar no estar en casa para escribirlo... y eso es porque siempre que me entrevisto con uno de mis artistas favoritos, recuerdo lo que realmente quiero hacer con mi vida y entre esas no figura trabajar para hacer a alguien más rico y arrogante de lo que seguro es.Siempre que me veo con uno de ellos, me dan ganas de renunciar, mandar todo al carajo y comenzar de nuevo con una vida un poco más culta, pero luego recuerdo que esas facturas no se pagan solas y que ahora más que nunca, mi familia cuenta con que me encuentre estable.

Ésa para mí es una de las mayores desgracias: no poder vivir de narrar cosas sin sentido, menos para alguien tan cambiante como yo.
Mientras tanto, mientras mis letras puedan llamarse trabajo y mis ganas de escribir, vocación, usted puede venir y tomar souvenirs de la escritura de alguien con sueños muy muy inalcanzables.

"Ya encontré sentido al latido de por qué escribo: dejar algo en el mundo y llevarme algo conmigo..."



lunes, 28 de enero de 2013

Los cumpleaños.



Hoy YA no es mi cumpleaños.

Nunca entenderé mi obsesión por mi cumpleaños. Siempre lo he visto como mi "Navidad personal". Gente cercana tampoco entiende lo mucho que aprecio esta fecha... Y no los culpo, no tiene nada de festivo.
Todos tenemos un cumpleaños, una fecha para celebrarnos y "ser especiales", paradójicamente, es como si nadie la tuviera: nadie es especial porque todos son especiales en sus cumpleaños.

Yo siempre he visto la celebración del natalicio como una celebración personal: el día en que la gente te demuestra lo agradecida que está con el simple hecho de que existas. Sí, es cursi, pero no menos cierto. ¿Por qué otra razón celebraríamos los cumpleaños? Algunos lo ven como una forma de festejar un año más de vida. Bueno sí, se cierra un ciclo y se abre otro pero no dejan de ser números, números que por cierto, nos recuerdan que el tiempo se agota. De todas formas lo festejan... el cumpleañero decide organizar una fiesta para celebrarse, fiesta a la que acudirán gorrones y gente indeseable y el "celebrado" terminará pagando todo. ¿Para que haría yo una fiesta en la que sólo tendré a interesados?Celebrarse a uno mismo en su cumpleaños es vanagloriarse con su existencia, en cambio, ser celebrado por sus seres queridos es probar que se ha dejado huella al menos en las personas más cercanas... No así es mi caso, para alguien a quien nunca le han organizado una fiesta sorpresa.
Es por eso que nunca monto una fiesta de cumpleaños, siempre espero que quiénes quieran demostrarme que soy alguien "festivo" decidan hacerlo con toda su voluntad... por lo cuál siempre termino encerrado.

Desde que tengo memoria, he sido un sensible con esta fecha específica. Mi problema radica en que espero demasiado de la gente, DEMASIADO, por lo que termino desilusionado. Año con año, intento no tener expectativa alguna sobre mi cumpleaños, pero siempre me falla la infantilidad y la esperanza está ahí, recordándome tonterías fantasiosas de llegar y recibir la sorpresa de que todos mis conocidos se han puesto de acuerdo para demostrar "algo", pero eso nunca sucede.

Yo odio, amo y me dan igual mis cumpleaños.

Hoy tuve junta laboral así que tuve que ir temprano al trabajo. Nadie recordó la fecha, excepto el subgerente y el gerente un par de horas después, y aún así, después de hacerlo público, sólo hubo un par de felicitaciones. Mi hermana pasó a felicitarme y me dio unas playeras de regalo, pero se fue. Llegué a mi casa después de un camino largo por el tráfico del centro de la ciudad sólo para descubrir que mi padre no había llegado temprano como lo imaginé. Ni siquiera encendí la computadora. Puse algo de música y me relajé y cuando menos lo esperaba... Lloré.

Me conecté sólo para ver felicitaciones en Facebook que te dicen más lo conforme que está la gente con tenerte lejos en lugar de hacer un esfuerzo para visitarte, de cualquier forma tenía las de perder: el celular que me robaron hace una semana me imposibilitó una comunicación más directa.


Todos los cumpleaños me recuerdan lo despechado que estoy con la vida. Cuando era niño, mis padres organizaban fiestas y siempre llovía en ellas; mi hermana decía que sólo en mi cumpleaños sucedía. Cuando tenía 16 años, mis amigos de la preparatoria me visitaron en mi cumpleaños porque recibí una golpiza por una pandilla de 8 cholos y estaba aún en reposo. Otros tantos cumpleaños han caído en lunes imposibilitando celebrarlos y otros más, han sido simples "partidas de pastel" con la familia.


El año pasado, invité a un grupo de amigos muy queridos a beber en un bar para celebrar mi cumpleaños. Yo pagué las cervezas y había valido la pena hacerlo, con tal de no cerrar un cumpleaños más enclaustrado, hasta que de regreso a casa recibí otra golpiza por un asaltante y su cómplice, me despojaron de todo y tuve que ser hospitalizado nuevamente.

Este año me rendí: no quise hacer nada más. Sólo llegué y me di cuenta que hay cosas que no cambian y que ya era momento de abrazar mi suerte. Llegué, me senté frente a la computadora y comencé a contestar publicaciones en Facebook, hasta que mi padre llegó, después de las 12 am.

Supongo que parte de crecer es retirarle la magia mística a este tipo de fechas y verlas como otro día más de labores... Mientras tanto, mi niño interior y yo asumiremos la postura de berrinche ante éstas fechas.

viernes, 25 de enero de 2013

Como en un videojuego...


Como en un videojuego...

Quisiera ver a mis alrededores la emoción de la exploración en lugar de ver con desconcierto el sentimiento de encontrarme desarmado e indefenso.

Como en un videojuego, quisiera a veces olvidarme de comer y de soñar en pro de la misión que me ha sido encomendada y no tener que escatimar cada ración que tengo.

Como en un videojuego, anhelaría sentirme fuerte y hábil por dentro, esperando que algo desconocido desbloqueé mi poder y no contemplarme con la mediocridad de un mortal que se sabe ya hecho.

Como en un videojuego, esperaría que un aliento de coraje y una historia trágica me envolvieran en la épica travesía de venganza de quien ya perdió todo y no el triste camino del que sabe que la vida es siempre perder como se pierde el viento.



Como en un videojuego, me gustaría salir a imponer la anarquía sobre las reglas y decidir a mis anchas dónde termina el bien y comienza el mal, a diferencia de trabajar para el bien de pocos y el mal de pueblo.

Como en un videojuego, me atraparía la excitación de saber que siempre se va a hacia delante y que hay un valioso finito donde me vuelvo invencible y experto, una leyenda, y no un aburrido y lento anciano a quien nadie consultaría sus aburridos cuentos.

Como en un videojuego, desearía poder matarme por el simple gusto de desaparecer y empezar de nuevo, de recrear mi historia y explorar mis decisiones y consecuencias sin el apuro de esta realidad injusta que nos somete a una sola linealidad de tiempo.

Como en un videojuego, me encantaría poder regresar el tiempo, aprender de mis errores, qué sí y qué no hay que hacer para evadir los obstáculos, no vivir lo que nos resta de vida con el muro frente a nosotros recordándonos que cagarla tiene un precio.

Como en un videojuego, exigiría un propósito, un objetivo fijo no negociable, una meta a perseguir que fuera la seducción del sabor glorioso con sus mil y un intentos detrás que sólo saben a perseverancia y no a un perdedor obsesivo y necio.

Como en un videojuego, preferiría hubiera cientos de rompecabezas, más premios por la destreza, más acertijos con respuesta... y no esta incertidumbre de preguntas sin conclusión o argumento.



Como en un videojuego, elegiría lo que yo quisiera, porque el objetivo siempre es el mismo: concluir lo que no está concluso y no como en la realidad, que a veces parecemos huir de terminar porque terminar es estar muerto.



Como en un videojuego... ojalá la vida fuera un videojuego, para no sentirme culpable por esta sensación de querer jugar, siendo un adulto por fuera que se rehúsa a mandar a dormir a ese niño que tiene dentro.

jueves, 3 de enero de 2013

Nuevos y viejos ciclos.

El Lunes pasado, 31 de diciembre, tuve junta en el trabajo. Estaban todos mis compañeros y, para mi desgracia al llegar 9 minutos tarde (ingenuos quiénes creen que los Lunes son para llegar temprano), el supervisor de gerentes. 

Platicaban acerca de los problemas y puntos a tratar sobre el servicio al cliente y tonterías. Así es, para mí eran tonterías porque no era nada nuevo, por el contrario, era algo que dominaba, pero había puntos bastante ridículos que ni siquiera pienso citar.

Al terminar de exponer los puntos, preguntaron comentarios y sin titubear, expuse la mayoría. Al parecer, mi gerente y su supervisor quedaron contentos de lo expuesto. Finalizando, ya habíamos perdido una hora de apertura, por lo cual tuvimos que acelerar la limpieza. Durante ese lapso, el gerente me habló y me dijo que por un error cometido el sábado (error que no me consta haya cometido yo) estaba decidido a despedirme, pero que al ver que ya terminaba el año, me daría otra oportunidad y no comentaría nada al supervisor sobre reclutar gente nueva. Dijo que quería empezar el año sin rencores, con una vida nueva y que me daría otra oportunidad, que la cuidara porque está bien pagado mi empleo (y concuerdo, es precisamente la única razón por la que no he renunciado pese a lo muy irritante resulta todos los días).



¿Por qué todos se tomaron tan en serio el año nuevo? ¿De verdad la gente cree que los años nuevos traen cosas nuevas? ¿"Nuevas vidas"?

Todo el año anterior intenté hacerme una nueva vida, obsesionado un poco por llegar a un sueño al que aún no sé con exactitud cuál es y por lo cual estuve de aquí allá sin zambullirme mas que en mi propia apatía... Pero por suerte aprendí mucho del año anterior: estoy aprendiendo a vivir los días con días (esos mini-ciclos continuos).

La gente se toma demasiado en serio los calendarios porque en verdad no puede visualizar lo poco que tenemos de control sobre el tiempo, siendo éste, una invención nuestra y de percepción muy muy subjetiva. También, se los toma muy en serio como parte de una estructura cultural para segmentar y darle forma y magnitud a la vida, craso error: desgraciadamente, la forma en la que la memoria define los ciclos que nosotros mismos fijamos es respecto a eventos relevantes que pueden servirnos para la supervivencia en un futuro y perdemos entonces, la capacidad de contemplar los pequeños detalles, al mismo tiempo que le restamos valor a la inmensidad universal de lo que significa estar en el aquí y el ahora.



Para mí, no hubo mucha diferencia entre 31, 1° y 2°, respectivamente a números de fechas... fueron días laborados y/o no laborados. Pero tampoco niego que aunque bien pueda ser 23 de Mayo, ese día puedo definir el resto de mis planes del año (o de mi vida, dependiendo de mi suerte y audacia) o bien, tener el día más simplón e insignificante del mes; ninguna fecha me es impedimento (o motivación) para soñar con el mañana y con los "hubiera".

No tengo propósitos para este año, pero sí tengo un propósito para los siguientes ciclos en mi vida y es aprovechar la mayoría de oportunidades que se me presenten, de cualquier forma, tengo toda una vida por delante para reparar mis errores y, si muero antes de hacerlo, qué más dará, ya habré muerto como para lamentarme.


¿Por qué forzar la vida enfocándola a propósitos superficiales y de carácter "positivista"? Si tuviera un propósito único para este 2013 sería sobrevivirlo, porque al final, cada ciclo que se cierra, cada día, cada mes, cada año, es como el nivel de un videojuego superado: libraste con vida ese nivel.
Desde esa perspectiva, me resulta ridículo celebrar la incertidumbre de un nuevo ciclo. Muchos dirán: "es un nuevo tiempo de oportunidades, un tiempo de sorpresas, un muro en blanco". Bueno, no sé ustedes pero me sigue pareciendo ridículo: ¿Por qué celebrar un año nuevo? ¿No deberíamos celebrar el cierre de año, el hecho de un ciclo que hemos superado? Inclusive, veo una impresión capital-consumista en el hecho de darle más valor a lo nuevo que a lo viejo...

De cualquier manera, la apertura o clausura de ciclos no es un tema en el cuál tenga una opinión relevante: se los dice un hombre que cree que una noche de sueño profundo repara cualquier mal humor.

Seguidores