Querido lector: no resultará
sencillo explicarme en esta publicación, como tampoco será fácil para usted
leerme y mucho menos, creerme. Puede que esté leyendo el delirio absoluto en
donde el anhelo a la ficción se ha difuminado con mi percepción de la realidad;
puede también que esté leyendo una tergiversación de las cosas hacia un punto
de vista favorable para mí que justifique las lesiones de mi personalidad o
puede, en una azarosa coincidencia, que esté leyendo la hipótesis correcta
sobre el desarrollo de mi persona con un pronóstico de tinte profético;
honestamente no sé lo que usted está leyendo además de letras virtuales.
Habiéndole
advertido en tiempo y forma, comienzo entonces con el texto oficial.
Soy
fanático de la serie "Dexter". Lo que comenzó como una recomendación
para un amigo hacia un programa que vi casualmente y en un solo capítulo, se
convirtió en una obsesión. Dudo ser el único que se identifique con el
personaje, pero tal vez sí el único tonto que se ha inspirado, e incluso,
adecuado un poco a su comportamiento por lo visto en una serie basada en un
puñado de libros un tanto brillantes.
Hace
casi un mes inició la última temporada de esta serie. Uno de los personajes, la
Dra. Vogel, reconocida psiquiatra cuyo apodo profesional es "La encantadora
de psicópatas" debido a sus diversas publicaciones en el ramo de la
psiquiatría criminalística, le recuerda constantemente a nuestro personaje
principal lo psicópata que es y lo mucho que admira "su condición",
exaltando incluso, su labor.
En varios
capítulos se ha encargado de definir algunas de las características de los
psicópatas, incluyendo, también, algunas de las causas que los originan, como
las neuronas. Varios de esos capítulos me han ayudado un poco a entender el
perfil del psicópata, sobre todo, porque recuerdo un par de especiales
transmitidos por la cadena Tve en su programa "Redes". Uno de ellos,
hablando del Perfil Psicópata y en el siguiente,
hablando sobre su impacto y rol social.
Lo que
me resulta un poco escalofriante es que, anteriormente, no creía poder
categorizarme en este padecimiento. En realidad, no había mostrado síntoma
alguno de psicopatía: soy una persona amigable y de cierta forma, altruista,
preocupada por el bien común y social... Hasta que comencé a reflejarme en
algunas de sus características y la duda me atacó sorpresivamente: ¿Se
nace siendo psicópata o no? y de ser así ¿me estoy convirtiendo en uno?
En mis
anteriores posts había hablado sobre la necesidad de fingir y
las múltiples máscaras que he llegado a interpretar generando
una crisis de identidad. ¿Mi
verdadera
identidad es ser el más grande embustero que hasta se engañó a sí mismo? Y si
me ha leído con frecuencia, habrá leído también sobre mi fallida y mecánica
personalidad empujada, mayormente, por odio y amargura.
Tal vez
el hueco de personalidad era, más bien, el camerino donde mi psicópata
preparaba su siguiente acto esperando ser elogiado por su apasionado papel,
personaje que él mismo llegó a creer que era.
En este
momento, le pido un favor, estimado lector: reproduzca el siguiente vídeo
y no lo pause hasta que haya terminado de leerme, me gusta pensar que su
música ayuda a la comprensión.
http://www.youtube.com/watch?v=J3zyCkpDHq0&list=PLYp1WzX9PMTZWqi69ZSd8Q-Lc5iBSqPU-
Nadie, ni usted ni yo, se salva de haber tenido una o varias experiencias traumáticas que le hayan marcado. Yo, con el órgano bombeante en mano, puedo garantizar que he tenido varias en mi infancia que no he podido borrar.
De niño algo ya andaba mal en mí. Aún recuerdo que, por las noches, llegué a tener varios ataques esquizofrénicos mientras me encontraba sonámbulo. Supuestamente, un psicólogo dictaminó que era estrés lo que me tenía alterado. Yo aún temo que esos capítulos nocturnos y demenciales algún día regresen...
En ocasiones, pude odiar con tanta intensidad a mi hermano mayor, convencido de que él destruía mi infancia, que por las madrugadas, me paraba con un cuchillo en mano frente a su cama y pensaba en apuñalarlo varias veces. Para mi suerte y la de él, cobraba la cordura para cavilar sobre las consecuencias de aquello... pero desde entonces, hay algo en mí que yace dormido.
Nadie, ni usted ni yo, se salva de haber tenido una o varias experiencias traumáticas que le hayan marcado. Yo, con el órgano bombeante en mano, puedo garantizar que he tenido varias en mi infancia que no he podido borrar.
De niño algo ya andaba mal en mí. Aún recuerdo que, por las noches, llegué a tener varios ataques esquizofrénicos mientras me encontraba sonámbulo. Supuestamente, un psicólogo dictaminó que era estrés lo que me tenía alterado. Yo aún temo que esos capítulos nocturnos y demenciales algún día regresen...
En ocasiones, pude odiar con tanta intensidad a mi hermano mayor, convencido de que él destruía mi infancia, que por las madrugadas, me paraba con un cuchillo en mano frente a su cama y pensaba en apuñalarlo varias veces. Para mi suerte y la de él, cobraba la cordura para cavilar sobre las consecuencias de aquello... pero desde entonces, hay algo en mí que yace dormido.
Estaba
en secundaria y solía asistir a las fiestas de mis compañeros, aunque nunca
llegué a embriagarme como ellos. Mi música y yo teníamos algo en común: en
cuanto nos presentábamos, ya querían quitarnos. Nunca fui muy popular en la
escuela... y honestamente, no tenía el carácter para hacerlo, ya que recuerdo
el montón de veces que me arrinconé a observar a todos con intriga y
curiosidad: ¿Por qué ellos pueden ser felices y yo no?
En algún momento, harto de la indiferencia con que me trataban y de las burlas de un compañero, en plena fiesta me metí a la cocina, tomé un cuchillo, salí a la cochera dónde él estaba, lo tomé por la espalda y posicioné el filo en su cuello a punto de degollarle... pero en ese momento clave, me detuve y sigo sin saber por qué.
Tiempo después, aún en la secundaria, tuve un mal día por la mañana y al despertarme, con un corte de cabello que temía criticaran, tomé un hacha corta y la metí a mi mochila. Al llegar a clase, cuando la primera burla llegó a mis oídos, le mostré a mi compañero el hacha con un carácter insinuante. Mi colega entró en pánico y bastó con que saliera confiadamente al baño para que me delatara a mis espaldas.
No es
la primera vez que fantaseo con violencia y venganza. He tenido el deseo de
lanzar una granada a una pandilla que me propinó una golpiza a los 16 años,
golpiza de la que aún conservo cicatrices.
A pesar del todo el tiempo que ha pasado desde que terminé con mi ex, varias veces la he imaginado atada, desnuda, sufriendo pequeñas torturas que ella misma, en algún momento, confesó oscuramente anhelar aplicarlas en alguien más. También he revoloteado en mi imaginación la manera en que disfrutaría torturar al remedo de hombre por el que me dejó... y no por la sensación de pertenencia, si no por el símbolo de traición y deshonor que ambos representan en mi vida.
Hace un par de meses comencé a cargar con una navaja por la posibilidad de volver a ser asaltado, y hay instantes en los que me he llegado a convencer que tengo más ganas de serlo para poder apuñalar a alguien que por el simple motivo de defenderme.
Masacres en plazas públicas, maleantes degollados, mujeres burguesas y elitistas torturadas, inclusive, a veces me gustaría portar un arma sólo para apuntarle a las personas, sentir su temor y pedirles que me respeten y admiren... ¿Estoy enfermo? Nunca he sido un aficionado del gore y la mutilación, siempre me ha parecido algo grotesco cuando se convierte en el único objeto de contemplación, mucho menos de la putrefacción. Pero la sangre... no lo sé, algo me pide verla fluir.
La razón por la que no he hecho nada de esto es común: por el sentido de moral y de empatía; soy alguien empático y este es el síntoma totalmente opuesto a la psicopatía, no obstante, he notado como la capacidad de relacionarme mediante la afinidad se ha ido mermando. Tal vez mi red neuronal encargada de la empatía comienza a dejar de funcionar o... ¿sólo me aferro a creer eso como quien se aferra a la religión para negar un nuevo orden, menos estricto y más caótico? ¿Y si lo que yo creo sólo es un constructo con el que me engaño constantemente para negarme a mí mismo? ¿Un código que no me pertenece?
A pesar del todo el tiempo que ha pasado desde que terminé con mi ex, varias veces la he imaginado atada, desnuda, sufriendo pequeñas torturas que ella misma, en algún momento, confesó oscuramente anhelar aplicarlas en alguien más. También he revoloteado en mi imaginación la manera en que disfrutaría torturar al remedo de hombre por el que me dejó... y no por la sensación de pertenencia, si no por el símbolo de traición y deshonor que ambos representan en mi vida.
Hace un par de meses comencé a cargar con una navaja por la posibilidad de volver a ser asaltado, y hay instantes en los que me he llegado a convencer que tengo más ganas de serlo para poder apuñalar a alguien que por el simple motivo de defenderme.
Masacres en plazas públicas, maleantes degollados, mujeres burguesas y elitistas torturadas, inclusive, a veces me gustaría portar un arma sólo para apuntarle a las personas, sentir su temor y pedirles que me respeten y admiren... ¿Estoy enfermo? Nunca he sido un aficionado del gore y la mutilación, siempre me ha parecido algo grotesco cuando se convierte en el único objeto de contemplación, mucho menos de la putrefacción. Pero la sangre... no lo sé, algo me pide verla fluir.
La razón por la que no he hecho nada de esto es común: por el sentido de moral y de empatía; soy alguien empático y este es el síntoma totalmente opuesto a la psicopatía, no obstante, he notado como la capacidad de relacionarme mediante la afinidad se ha ido mermando. Tal vez mi red neuronal encargada de la empatía comienza a dejar de funcionar o... ¿sólo me aferro a creer eso como quien se aferra a la religión para negar un nuevo orden, menos estricto y más caótico? ¿Y si lo que yo creo sólo es un constructo con el que me engaño constantemente para negarme a mí mismo? ¿Un código que no me pertenece?
Temo
convertirme, tarde o temprano, en un psicópata. ¿Cuándo? En tiempo exacto no lo
sé, pero sé que, después de tantas experiencias de violencia, de haber crecido
con tanta impunidad en mano, un día no voy a poder con eso.
¿Y qué
tipo de psicópata seré? Lo desconozco. Si es verdad que todo esto está dentro
de mí, el genio desquiciado del que pudiera llegar a hacer uso una vez que
aniquile mis escrúpulos es lo que más me consterna.
Las experiencias fuertes pueden cambiar a las personas y yo espero la enorme e ineludible roca que romperá el frágil cristal moral que en mis adentros divide a la persona del monstruo, porque esa bestia tras la vidriera no va a agradarle a nadie, lo sé porque lo distingo bien, lleva ya tiempo gestándose en mí entre narcisismo, egoísmo, mezquindad y violencia. Conozco a ese monstruo, lo he regulado siempre, lo he maquillado con altruismo, humildad, nobleza y templanza, lo conozco muy bien porque, en realidad, ese monstruo es posiblemente mi verdadero yo.
El texto ha terminado, lector, puede apagar la música ahora si así lo desea... De cualquier manera, el demonio que yace en mí estaba a punto de despertar.
Nota editorial: Esta entrada estaba programa para ser publicada a finales de Julio, pero por evidentes motivos personales, decidí no hacerlo.
Las experiencias fuertes pueden cambiar a las personas y yo espero la enorme e ineludible roca que romperá el frágil cristal moral que en mis adentros divide a la persona del monstruo, porque esa bestia tras la vidriera no va a agradarle a nadie, lo sé porque lo distingo bien, lleva ya tiempo gestándose en mí entre narcisismo, egoísmo, mezquindad y violencia. Conozco a ese monstruo, lo he regulado siempre, lo he maquillado con altruismo, humildad, nobleza y templanza, lo conozco muy bien porque, en realidad, ese monstruo es posiblemente mi verdadero yo.
El texto ha terminado, lector, puede apagar la música ahora si así lo desea... De cualquier manera, el demonio que yace en mí estaba a punto de despertar.
Nota editorial: Esta entrada estaba programa para ser publicada a finales de Julio, pero por evidentes motivos personales, decidí no hacerlo.