domingo, 7 de junio de 2026

Resurrección

Revivo cada Lunes

Sonriendo mientras me tallo

Mis dientes, de una resaca

Que me da ante la fiesta

Sangrienta de mi yo

Anterior al que veo al espejo.

Cada Domingo recibo

Una comitiva furiosa,

Un asalto coordinado

De todos mis demonios

Reclamando mi carne,

Como cliente inconforme

En una ventanilla

De comida rápida,

Golpeando la barra

Y exigiendo duramente

El despido de mi gestión.

Cada domingo muero

Y sobrevivo a mí.

Cada Lunes festejo

con pulcritud 

E impecable cuidado

De mi imagen

Para que no se note

Que morí de nuevo

Un domingo por la tarde

Ante la masacre

De mis inseguridades.

sábado, 6 de junio de 2026

No hay redención en la escritura

 "Cuando no tengo paz, amor, felicidad ni dinero, no sé por que lloro si en el fondo así me... inspiro."


Siempre que la vida me acorrala, la escritura me ha salvado. Pero ser salvado no es una redención.
Me ha salvado de mí mismo, me ha salvado de pensamientos que logro aprisionar entre caractéres y debrayes; elucubrar es una forma de vomitar.
Y vomitar párrafos es una forma de aliviar el malestar interior que me aqueja hoy... Que siempre me ha aquejado.

Hay quiénes crean belleza para el reconforte de los perdidos, de los sombríos, de los oprimidos. Seguido fantaseo con esa idea, pero como toda fantasía, es un deseo de algo que no está en la realidad inmediata; en efecto, no he sido el hombro intelectual ni emocional de nadie con mis palabras escritas, porque sería como alimentarse de las entrañas de un muerto.

Entonces, vuelvo a esta humilde posada, abandonada por 7 años, para redimirme ante mí mismo, aunque en el mundo no exista tal redención: Admito, ante todo lector que me atrape in fraganti en este ejercicio, que no escribo por la belleza, ni por la gloria, ni por amor a la práctica de la literatura (si es que esta, infame práctica, clasificara como tal), no escribo como batalla ni como enunciación.
Escribo por egoísmo, por alarde, porque es la práctica más sencilla que he encontrado en mi decadente existencia, porque es lo único que me mantiene cuerdo frente a un mundo que aún, sin ser plano, parece haber encontrado la frontera hacia al abismo... Y no teme lanzarse hacia él.

Escribo por arrogante, porque quiero, porque es lo que mejor sé hacer y porque es la única manera de encontrarle silueta al YO, tan ténue, que aprisionado tengo. Escribo por desahogo, por necesidad de escribir, por necesidad de leerme, por necesidad de conocerme, por un instinto que desconozco su origen.

Escribo porque me reafirma a la vez que me cuestiona. Escribo porque me ayuda a dialogar conmigo. Escribo porque deja huella, aún si esta es un foso en el que desearía arrojarme yo también.
Escribo porque estructura mi caos aunque deja evidencia que existió.
Escribo porque mi mente se reúsa a ser contenida en pensamientos espontáneos.
Escribo porque algo en mi deduce que es bueno, porque me causa adicción y, al tiempo, porque es el único hábito sano que he logrado cultivar.

Vuelvo a escribir, porque mi sensatez ha visto un hoyo sin fondo y quiere lanzarse a conocerlo... La escritura es mi cuerda, una débil, pero la única que tengo.
Escribo en defensa propia. Escribo porque mi mente se rompió en caso de emergencia y esto es lo que había dentro: Letras y verborrea, ideas esparciéndose para apagar un incendio con la fuerza de la precariedad.

Escribo para tener algo, aunque sean unos escritos, tan chatos, pequeños y mundanos, pero míos.

Escribo en un mundo que tiene opiniones pero no charlas, escribo en una sociedad que tiene posturas pero poco debate, vocablos aguerridos a despadazar a extraños. Escribo como un baile contemporáneo en medio de una trifulca, un performance que quiere salvar algo... ¿Qué quiero salvar?
Mi historia. Quiero salvarme del olvido, de ser un rehén de algoritmos. De no dejar bitácora de una existencia con tantas historias y perspectivas. De dolores que se han vuelto inefables y hasta inconcebibles, porque resulta que es increíble pensar que almacene tanto dolor alguien de mi estirpe.

¿Ha quedado claro por qué escribo? No lo creo. Yo tampoco lo tengo claro. Pero si hay quiénes corren por la inercia de huir de la ansiedad, yo escribo para redactarla. Escribo para narrar cómo aqueja la existencia cuando tu mundo son las palabras y todas las que pronuncias, se las lleva el viento.

No. No quiero que mis dichos se esfumen con la brisa. No quiero venir del polvo para irme con él.
En mí algo se niega al orden común de las cosas. El poder de lo normal es un dragón y estos textos, mi espada.

Voy a blandir la escritura no por valiente, sino por la cobardía ante morir siendo una estadística. Escribo por supervivencia. Escribo porque puedo (aún puedo), porque me queda voluntad y quiero hacerlo; porque ya no sé qué más hacer para existir.

Lo he dicho y no me repetiré: Cada día es una lucha. ¿Por qué escribo? Porque nadie escucha.

martes, 19 de febrero de 2019

Ignorante

¿Cómo le gritas al mundo ciertas cosas importantes?
¿Cómo le gritas al mundo que no eres punto de comparación?
¿Cómo le gritas que eres lo que eres? y
¿Cómo les gritas que, en sus múltiples variabilidades eres, al igual que cualquier,
una consecuencia de tus circunstancias?
¿Cómo les gritas que no difieres de alguien a quien te cruces en la calle, sea o no su ropa de marca o sea su trabajo bien remunerado o el salario mínimo?
¿
Cómo les gritas que eres un resultado de lo que nadie planea ser, con todo lo desagradable que implica?
¿Cómo le gritas al mundo que no eres educado?

¿Cómo le explicas a esas masas lo que no te puedes explicar a ti mismo?
¿Cómo les dices que eres puro potencial desperdiciado?
¿Cómo les haces saber que eres material contaminado?
¿Que estás perturbado? ¿Que no naciste turbio y te aclaraste artificialmente?
¿Cómo les esclareces las cosas a un mundo opaco?
¿Cómo gritarle al mundo sordo?

El mundo nunca escucha, menos la gente que para eso habita en él. Tuve que preguntarme todo esto sólo para llegar a la sencilla y lógica respuesta:
Para gritarle al mundo cosas importantes debes ser alguien importante... y es que una vez arriba todos te escuchan, aún si eres un completo ignorante, como yo.

Anorexia cognitiva

Mi salud mental flaquea.

Siento que rozo la locura. Que estoy a dos pasos de abandonar todo lo material y desaparecer.

Siento una vena palpitando cerca de mi frente. Mis nervios canibaleándose.

Siento una desazón, un despropósito en mi camino. Alguien cambió la partida y no me se me notificó.

Siento demasiado. Ese problema sí se me avisó.


Pero nadie tiene instructivos ni biblias para el sentir. Y sólo puedo quedarme con el desasosiego de ver siempre mis esfuerzos desmoronarse.

Sólo puedo quedarme a ser espectador de mi propia ruina, de mi propia autodestrucción.

Sólo me queda quedarme donde no quiero estar... Donde no me gusta quién soy.

Sólo puedo sentarme en la banca a ver quiénes más ganan el juego y yo aprieto los puños fuerte, por no ser protagonista de mi propio campeonato... Por entrar para perder.

Aún no puedo creer dónde fui a parar. Aún no puedo creer cómo llegué aquí.

Puedo perder mi empleo por ansiedad. Acabo de terminar la relación cuyos planes fueron los más serios al momento. Y estoy condenado a gastar mis quincenas en esta renta maldita: Financiando mi propia prisión, mi propio encierro.

Alguien me sacudió el cerebro. Alguien me descompuso el corazón. Alguien desperdició mi alma...

Y ahora soy el contenedor de un puñado de fracasos anunciados. Una canasta con panes añejos.

Y ya no sé qué es real y qué no. Ya no sé controlar mi emociones. Perdí toda voluntad y sólo quiero estar en cama. O ir a la cocina ocasionalmente para darme cuenta que no hay nada que me apetezca comer y volver a la cama enseguida.

Nadie ríe. Ésta desgracia no viene con un remate del chiste. No la acompaña una tarola y un platillo. Me tengo qué tragar este absurdo sin agua. Y con un poco de suerte, atragantarme hasta morir.

Me he sentido desahuciado pero hoy, me siento desahuciado por mí. Porque estoy aquí pero ya no. Ya no está el mando principal, ya no hay quién lidere este barco y cada día siguiente se siente como un iceberg apunto de colapsar conmigo.

Un día me hundiré y no habrá honor en la arrogancia en cómo me hundí. Una día me hundiré porque mi percepción tan flaca sólo es anorexia cognitiva. Un día me hundiré y habrá muerto el dolor.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

El precio del juego de adultos

Hace año y medio desaparecí. En la búsqueda por intentar aniquilarme mi yo autodestructivo, me aislé de mi propia letra y jugué con las líneas de mi silueta psíquica para ver si podía pintar un nuevo yo... Pero no lo logré.

Hace un mes y y una semana cumplí años. Veinticinco años. Hace un año, según la media del INEGI, cuento formalmente como adulto. La idea me pareció tan aplastante que, sin querer traté de huir los primeros meses a esa idea. No me deprimió, pero cuando dos meses después me golpeó el hecho de que la cifra había cambiado y que gente comenzaba a verme mayor, con más autoridad, con más experiencia (como si eso me otorgara algo), con cierta responsabilidad, no me quedó mas que asumir el rol.

Tenía esta lucha interna entre asumir cómo me veían el resto o continuar figurándome como recién salido de la adolescencia. No tardó mucho en ganar el fuerte peso que se me había depositado. Y aún hoy me preguntó si me venció la sociedad, la estructura patriarcal que prohíbe la infantilería o simplemente el tiempo trajo la razón y sus toneladas de dolorosa resignación.
Esa resignación, desde entonces, me acompaña... Hoy, se cumple casi un año desde que asumí ese cargo (con resignación). Y entonces se derramaron los días sobre mi rutina; un tiempo tan cristalino que jamás noté su constante flujo.
El calendario y los árboles se deshojaron, y los albores y los crepúsculos se volvieron reiterativos. ¿Qué hacía yo mientras eso sucedía?...

Seguir viviendo, pero ni al ego ni a la sociedad eso le ha bastado nunca.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Psicópatas

Querido lector: no resultará sencillo explicarme en esta publicación, como tampoco será fácil para usted leerme y mucho menos, creerme. Puede que esté leyendo el delirio absoluto en donde el anhelo a la ficción se ha difuminado con mi percepción de la realidad; puede también que esté leyendo una tergiversación de las cosas hacia un punto de vista favorable para mí que justifique las lesiones de mi personalidad o puede, en una azarosa coincidencia, que esté leyendo la hipótesis correcta sobre el desarrollo de mi persona con un pronóstico de tinte profético; honestamente no sé lo que usted está leyendo además de letras virtuales.

Habiéndole advertido en tiempo y forma, comienzo entonces con el texto oficial.

Soy fanático de la serie "Dexter". Lo que comenzó como una recomendación para un amigo hacia un programa que vi casualmente y en un solo capítulo, se convirtió en una obsesión. Dudo ser el único que se identifique con el personaje, pero tal vez sí el único tonto que se ha inspirado, e incluso, adecuado un poco a su comportamiento por lo visto en una serie basada en un puñado de libros un tanto brillantes.

Hace casi un mes inició la última temporada de esta serie. Uno de los personajes, la Dra. Vogel, reconocida psiquiatra cuyo apodo profesional es "La encantadora de psicópatas" debido a sus diversas publicaciones en el ramo de la psiquiatría criminalística, le recuerda constantemente a nuestro personaje principal lo psicópata que es y lo mucho que admira "su condición", exaltando incluso, su labor.

En varios capítulos se ha encargado de definir algunas de las características de los psicópatas, incluyendo, también, algunas de las causas que los originan, como las neuronas. Varios de esos capítulos me han ayudado un poco a entender el perfil del psicópata, sobre todo, porque recuerdo un par de especiales transmitidos por la cadena Tve en su programa "Redes". Uno de ellos, hablando del Perfil Psicópata y en el siguiente, hablando sobre su impacto y rol social.

Lo que me resulta un poco escalofriante es que, anteriormente, no creía poder categorizarme en este padecimiento. En realidad, no había mostrado síntoma alguno de psicopatía: soy una persona amigable y de cierta forma, altruista, preocupada por el bien común y social... Hasta que comencé a reflejarme en algunas de sus características y la duda me atacó sorpresivamente: ¿Se nace siendo psicópata o no? y de ser así ¿me estoy convirtiendo en uno?

En mis anteriores posts había hablado sobre la necesidad de fingir y las múltiples máscaras que he llegado a interpretar generando una crisis de identidad. ¿Mi
verdadera identidad es ser el más grande embustero que hasta se engañó a sí mismo? Y si me ha leído con frecuencia, habrá leído también sobre mi fallida y mecánica personalidad empujada, mayormente, por odio y amargura.
Tal vez el hueco de personalidad era, más bien, el camerino donde mi psicópata preparaba su siguiente acto esperando ser elogiado por su apasionado papel, personaje que él mismo llegó a creer que era.

En este momento, le pido un favor, estimado lector: reproduzca el siguiente vídeo  y no lo pause hasta que haya terminado de leerme, me gusta pensar que su música ayuda a la comprensión.

http://www.youtube.com/watch?v=J3zyCkpDHq0&list=PLYp1WzX9PMTZWqi69ZSd8Q-Lc5iBSqPU-

Nadie, ni usted ni yo, se salva de haber tenido una o varias experiencias traumáticas que le hayan marcado. Yo, con el órgano bombeante en mano, puedo garantizar que he tenido varias en mi infancia que no he podido borrar.

De niño algo ya andaba mal en mí. Aún recuerdo que, por las noches, llegué a tener varios ataques esquizofrénicos mientras me encontraba sonámbulo. Supuestamente, un psicólogo dictaminó que era estrés lo que me tenía alterado. Yo aún temo que esos capítulos nocturnos  y demenciales algún día regresen...
En  ocasiones, pude odiar con tanta intensidad a mi hermano mayor, convencido de que él destruía mi infancia, que por las madrugadas, me paraba con un cuchillo en mano frente a su cama y pensaba en apuñalarlo varias veces. Para mi suerte y la de él, cobraba la cordura para cavilar sobre las consecuencias de aquello... pero desde entonces, hay algo en mí que yace dormido. 
Estaba en secundaria y solía asistir a las fiestas de mis compañeros, aunque nunca llegué a embriagarme como ellos. Mi música y yo teníamos algo en común: en cuanto nos presentábamos, ya querían quitarnos. Nunca fui muy popular en la escuela... y honestamente, no tenía el carácter para hacerlo, ya que recuerdo el montón de veces que me arrinconé a observar a todos con intriga y curiosidad: ¿Por qué ellos pueden ser felices y yo no?

En algún momento, harto de la indiferencia con que me trataban y de las burlas de un compañero, en plena fiesta me metí a la cocina, tomé un cuchillo, salí a la cochera dónde él estaba, lo tomé por la espalda y posicioné el filo en su cuello a punto de degollarle... pero en ese momento clave, me detuve y sigo sin saber por qué.
Tiempo después, aún en la secundaria, tuve un mal día por la mañana y al despertarme, con un corte de cabello que temía criticaran, tomé un hacha corta y la metí a mi mochila. Al llegar a clase, cuando la primera burla llegó a mis oídos, le mostré a mi compañero el hacha con un carácter insinuante. Mi colega entró en pánico y bastó con que saliera confiadamente al baño para que me delatara a mis espaldas.

No es la primera vez que fantaseo con violencia y venganza. He tenido el deseo de lanzar una granada a una pandilla que me propinó una golpiza a los 16 años, golpiza de la que aún conservo cicatrices.
A pesar del todo el tiempo que ha pasado desde que terminé con mi ex, varias veces la he imaginado atada, desnuda, sufriendo pequeñas torturas que ella misma, en algún momento, confesó oscuramente anhelar aplicarlas en alguien más. También he revoloteado en mi imaginación la manera en que disfrutaría torturar al remedo de hombre por el que me dejó... y no por la sensación de pertenencia, si no por el símbolo de traición y deshonor que ambos representan en mi vida.
Hace un par de meses comencé a cargar con una navaja por la posibilidad de volver a ser asaltado, y hay instantes en los que me he llegado a convencer que tengo más ganas de serlo para poder apuñalar a alguien que por el simple motivo de defenderme.
Masacres en plazas públicas, maleantes degollados, mujeres burguesas y elitistas torturadas, inclusive, a veces me gustaría portar un arma sólo para apuntarle a las personas, sentir su temor y pedirles que me respeten y admiren... ¿Estoy enfermo? Nunca he sido un aficionado del gore y la mutilación, siempre me ha parecido algo grotesco cuando se convierte en el único objeto de contemplación, mucho menos de la putrefacción. Pero la sangre... no lo sé, algo me pide verla fluir.
La razón por la que no he hecho nada de esto es común: por el sentido de moral y de empatía; soy alguien empático y este es el síntoma totalmente opuesto a la psicopatía, no obstante, he notado como la capacidad de relacionarme mediante la afinidad se ha ido mermando. Tal vez mi red neuronal encargada de la empatía comienza a dejar de funcionar o... ¿sólo me aferro a creer eso como quien se aferra a la religión para negar un nuevo orden, menos estricto y más caótico? ¿Y si lo que yo creo sólo es un constructo con el que me engaño constantemente para negarme a mí mismo? ¿Un código que no me pertenece? 
Temo convertirme, tarde o temprano, en un psicópata. ¿Cuándo? En tiempo exacto no lo sé, pero sé que, después de tantas experiencias de violencia, de haber crecido con tanta impunidad en mano, un día no voy a poder con eso.

¿Y qué tipo de psicópata seré? Lo desconozco. Si es verdad que todo esto está dentro de mí, el genio desquiciado del que pudiera llegar a hacer uso una vez que aniquile mis escrúpulos es lo que más me consterna.

Las experiencias fuertes pueden cambiar a las personas y yo espero la enorme e ineludible roca que romperá el frágil cristal moral que en mis adentros divide a la persona del monstruo, porque esa bestia tras la vidriera no va a agradarle a nadie, lo sé porque lo distingo bien, lleva ya tiempo gestándose en mí entre narcisismo, egoísmo, mezquindad y violencia. Conozco a ese monstruo, lo he regulado siempre, lo he maquillado con altruismo, humildad, nobleza y templanza, lo conozco muy bien porque, en realidad, ese monstruo es posiblemente mi verdadero yo.

El texto ha terminado, lector, puede apagar la música ahora si así lo desea... De cualquier manera, el demonio que yace en mí estaba a punto de despertar.



miércoles, 26 de junio de 2013

Aprender a fingir

Los recuerdos de ella y yo, frotándonos entre ambos, dándonos la pasión que por separado no teníamos, siendo yo su actor y, ella, mi actriz porno favoritos... dejando en manos de las caricias el lenguaje que las (divinas) palabras ya no podían llevar. 

Es mentira: los caballeros sí tenemos memoria, y una muy fotográfica. Pero somos tan celosos de los recuerdos que guardamos en ella que fingimos no tenerlos, o mejor dicho, poseerlos (yo poseo éstos, y aunque sean para mí como erizos marinos, no quiero soltarlos por temor a olvidar que algún día visité el mar).

Hace poco discutía con un amigo la relevancia de los videojuegos en la vida personal y social y si podían (al igual que cualquier obra artística) representar un agente de cambio. Le resumí que los videojuegos eran una experiencia narrativa y conductual. Él respondió que la experiencia está sobrevalorada. Y en aquel momento pude concordar con la elocuencia que dio a entender su punto: ¿es la experiencia trascendente en la vida de un hombre mismo? Su respuesta es simple: no, todos morimos con nuestra propia experiencia. 

No obstante, para mí, esta experiencia amorosa me transformó en múltiples aspectos. Y al igual lo han hecho otras, desde las más triviales hasta las transgresoras, de las más personales a las más ajenas. 

¿Habrá, por ejemplo, alguien que haya vivido el 11/S que no lo recuerde como algo que le cambió? ¿Alguien a quien algún asesinato masivo no le haya perturbado en su concepción de locura y humanidad? ¿Qué podríamos especular de las personas que dieron su vida por otras y aquellas víctimas salvadas le han rendido honor con bondad y activismo? 

Cada experiencia que vivimos se queda en nuestros recuerdos, y aunque cada recuerdo fuera una interpretación personal según la emotividad que nos haya provocado, es en ese proceso de reinterpretación donde ya nos hemos transformado, ya no somos los mismos de antes.

¿Y olvidamos? ¿Realmente olvidamos a las personas o sólo las reducimos a algo insignificante? Las canciones populares nos han enseñado la importancia de olvidar, pero nada más absurdo que eso: jamás olvidamos. Olvidamos cosas pequeñas porque son cosas, en todo caso, podemos cosificar a las personas y olvidarlas, pero los recuerdos no son cosas, son esencia. Nos formamos de historias, porque las historias son recuerdos transferidos. Puede que la memoria nos juegue mal, pero cada quién y cada cual podrá hallar momentos ajenos que nos trasformaron, momentos que nunca nos pertenecieron o que, en un grado socialista de pensamiento, siempre le pertenecieron a todos. Y cuando todo esto aterriza en nuevas acciones, en nuevas historias, en nuevos recuerdos, hemos ya traspasado la barrera de la muerte, al menos, de la propia. 

Lo que vivimos nos marca, nos genera algo para memorizar "sin querer", pero cuando cumplamos 70 u 80 años estaremos hablando de lo único que nos queda por hacer: contar historias de cómo nuestros tiempos eran diferentes, de que nuestras locuras tuvieron consecuencias y de dónde está lo que otros tardan tanto en buscar, porque en la senectud nos damos cuenta que la vida se resume en recuerdos y algunos (una gran mayoría) se lamentará con llantos en forma de ciprés por apostar a la vida segura y tranquila; esto por jamás haber buscado generar momentos para filmar dentro de su cabeza. 

Y todas esas marcas no se van... todos esos collages de felicidad, tristeza, dolor, ternura, contemplación, relajación, de locura y desesperación, están en nuestra cabeza como en el estudio de un fotógrafo, recordándonos nuestra trayectoria. Podemos fingir que muchas cosas nos hicieron daño y que ya no importan, pero caeremos en el autoengaño rápidamente.  Nunca hemos dejado de sufrir las pérdidas, ni de extrañar a alguien, tampoco hemos dejado de amar y menos hemos dejado de odiar. Nos vemos como pelotas que cambian de color con el agua y la luz, cuando en realidad siempre hemos sido de todos los colores, como una canica que encierra todos ellos dentro en un arcoíris misterioso y diminuto. 

Es verdad lo que dice la canción: "todavía duelen los romances que ya son historia, ningún amor muere, sólo cambia de lugar en la memoria...", porque lo que aprendemos en la vida, debido a nuestra condición humana, es a controlar esos collages, darles un orden y guardarlos en cajas, en un almacén o un ático mental. Reajustamos nuestras vidas con cada golpe físico, emocional y existencial; nos torcemos y nos adaptamos, pintamos sonrisas y nos las creemos porque es sencillo y permite llevar una vida fácil: fingimos que nada nos ha pasado cuando todo nos ha afectado, fingimos que hemos superado todo cuando en realidad sólo le restamos importancia, fingimos que ya nos hicimos fuertes aunque la verdad es que nos hemos resignado a ser jodidos y jodidos quedarse. 

Eso resulta nuestra experiencia vivida: en resignarse y aprender a fingir, porque nadie quiere leer las letras pequeñas de las personas tan pronto se presenten. 

Hace dos días, una vieja amiga me confesó que la gente brillante le asusta, incluyéndome,  a lo que le pregunté el porqué habría yo de darle miedo y me resumió su punto: “Eres como una playa de noche”. Pude entender su metáfora de inmediato: abismalmente profundo, tan oscuro e impredecible, tan encantador y romántico que lo que puedan esconder mis aguas provoca terror. Lo que ocultan mis olas son experiencias, recuerdos, lo que he vivido… Y entiendo por qué a veces puedo lucir intimidante siendo un mar abierto, una inmensidad que te invita a sumergirte en ella sin garantizar tu salida. Nuevamente, descubres que no todos nacen para bucear y menos en costas ajenas.

Habré de aprender a fingir que he dejado de amar y de odiar, que nada me ha marcado porque soy fuerte, porque soy impenetrable, y aquí es donde podremos darnos cuenta de que los seres humanos nos parecemos a los árboles: vienen extraños a pintar o tallar nuestras maderas, algunos nos talan y esas huellas no se borran, ni después de muerto. La madera de los árboles persiste en materia como los recuerdos de la gente persisten en historias.

Seguidores