"Cuando no tengo paz, amor, felicidad ni dinero, no sé por que lloro si en el fondo así me... inspiro."
Siempre que la vida me acorrala, la escritura me ha salvado. Pero ser salvado no es una redención.
Me ha salvado de mí mismo, me ha salvado de pensamientos que logro aprisionar entre caractéres y debrayes; elucubrar es una forma de vomitar.
Y vomitar párrafos es una forma de aliviar el malestar interior que me aqueja hoy... Que siempre me ha aquejado.
Hay quiénes crean belleza para el reconforte de los perdidos, de los sombríos, de los oprimidos. Seguido fantaseo con esa idea, pero como toda fantasía, es un deseo de algo que no está en la realidad inmediata; en efecto, no he sido el hombro intelectual ni emocional de nadie con mis palabras escritas, porque sería como alimentarse de las entrañas de un muerto.
Entonces, vuelvo a esta humilde posada, abandonada por 7 años, para redimirme ante mí mismo, aunque en el mundo no exista tal redención: Admito, ante todo lector que me atrape in fraganti en este ejercicio, que no escribo por la belleza, ni por la gloria, ni por amor a la práctica de la literatura (si es que esta, infame práctica, clasificara como tal), no escribo como batalla ni como enunciación.
Escribo por egoísmo, por alarde, porque es la práctica más sencilla que he encontrado en mi decadente existencia, porque es lo único que me mantiene cuerdo frente a un mundo que aún, sin ser plano, parece haber encontrado la frontera hacia al abismo... Y no teme lanzarse hacia él.
Escribo por arrogante, porque quiero, porque es lo que mejor sé hacer y porque es la única manera de encontrarle silueta al YO, tan ténue, que aprisionado tengo. Escribo por desahogo, por necesidad de escribir, por necesidad de leerme, por necesidad de conocerme, por un instinto que desconozco su origen.
Escribo porque me reafirma a la vez que me cuestiona. Escribo porque me ayuda a dialogar conmigo. Escribo porque deja huella, aún si esta es un foso en el que desearía arrojarme yo también.
Escribo porque estructura mi caos aunque deja evidencia que existió.
Escribo porque mi mente se reúsa a ser contenida en pensamientos espontáneos.
Escribo porque algo en mi deduce que es bueno, porque me causa adicción y, al tiempo, porque es el único hábito sano que he logrado cultivar.
Vuelvo a escribir, porque mi sensatez ha visto un hoyo sin fondo y quiere lanzarse a conocerlo... La escritura es mi cuerda, una débil, pero la única que tengo.
Escribo en defensa propia. Escribo porque mi mente se rompió en caso de emergencia y esto es lo que había dentro: Letras y verborrea, ideas esparciéndose para apagar un incendio con la fuerza de la precariedad.
Escribo para tener algo, aunque sean unos escritos, tan chatos, pequeños y mundanos, pero míos.
Escribo en un mundo que tiene opiniones pero no charlas, escribo en una sociedad que tiene posturas pero poco debate, vocablos aguerridos a despadazar a extraños. Escribo como un baile contemporáneo en medio de una trifulca, un performance que quiere salvar algo... ¿Qué quiero salvar?
Mi historia. Quiero salvarme del olvido, de ser un rehén de algoritmos. De no dejar bitácora de una existencia con tantas historias y perspectivas. De dolores que se han vuelto inefables y hasta inconcebibles, porque resulta que es increíble pensar que almacene tanto dolor alguien de mi estirpe.
¿Ha quedado claro por qué escribo? No lo creo. Yo tampoco lo tengo claro. Pero si hay quiénes corren por la inercia de huir de la ansiedad, yo escribo para redactarla. Escribo para narrar cómo aqueja la existencia cuando tu mundo son las palabras y todas las que pronuncias, se las lleva el viento.
No. No quiero que mis dichos se esfumen con la brisa. No quiero venir del polvo para irme con él.
En mí algo se niega al orden común de las cosas. El poder de lo normal es un dragón y estos textos, mi espada.
Voy a blandir la escritura no por valiente, sino por la cobardía ante morir siendo una estadística. Escribo por supervivencia. Escribo porque puedo (aún puedo), porque me queda voluntad y quiero hacerlo; porque ya no sé qué más hacer para existir.
Lo he dicho y no me repetiré: Cada día es una lucha. ¿Por qué escribo? Porque nadie escucha.
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