Quién no ha oído o leído esta completa historia bíblica sobre perdón, arrepentimiento y redención: El hijo descarreado que exige al padre la parte de su herencia y huye para despilfarrarla en banalidades hasta acabar en miseria, darse cuenta del mal que ha hecho y se redime regresando al padre pidiendo trabajo, siendo recibido con alegría y abrazado nuevamente por el padre misericordioso.
En su origen, San Lucas escribe esta historia como una forma de ejemplificar que todos somos pecadores y seremos perdonados ante dios, Todomisericordioso, si de corazón nos arrepentimos, pero por lo general, es lo último que pensamos al comparar este cuento con nuestras vidas.
Ésta parábola evangélica sirve de modelo para comparar muchas situaciones comunes en la vida de muchos de nosotros. Me atrevo a decir que no hay quién no haya sentido que ha dado todo por alguien querido al que cuidaba y procuraba y al final esta persona develó sus verdaderos intereses y se alejó. Muchas veces éstas mismas personas regresan tiempo después en busca, de vuelta, de aceptación. Es aquí dónde quiénes recordamos esta parábola ejercemos el perdón porque el cristianismo ha dejado claro que "Errar es humano, perdonar es divino", y que "todos somos pecadores y merecemos segundas oportunidades".
A simple vista pensamos en la forma indulgente del padre y de quien toma su ejemplo. No pensamos en las veces que esas indulgencias terminaron en, de nueva cuenta, un fraude, una traición más trapera o en el mejor de los casos, la misma ofensa perdonada.
A uno no le cuentan las versiones alternativas de la historia, o peor aún, esa secuela nunca hecha pública. No le cuentan a uno que el hijo pródigo volvió a casa del padre, hizo su mejor esfuerzo por cambiar pero nunca lo logró y siguió siendo ese mismo cerdo egoísta que alimentaba a otros cerdos en un corral, o que posiblemente, en cuánto pudo, se emancipó porque jamás toleró la autoridad tácita del padre.
Jamás se nos cuenta que el padre jamás buscó al hijo, posiblemente bajo la indignación del oportunismo mostrado por su heredero. Tampoco se nos relata que el hijo pródigo en realidad jamás aprendió la lección, porque aunque las experiencias traumáticas nos marcan, fue hasta que la necesidad lo golpeó que supo dónde se encontraba mejor, más no reconocer su error. De ninguna manera fue revelado que el sucesor perdonado posiblemente aprovechara mejor los bienes de su padre ahora estando con él o que incluso pudo haberlo traicionado para quedarse con ellos. Nunca se contó que el hermano mayor jamás perdonó al padre por la ingratitud de tenerlo ahí y no valorarlo hasta que perdió a su otro hijo, tampoco se contó la posibilidad de que el hijo mayor le negó la ayuda al padre una vez siendo traicionado por el progénito redimido, a modo aleccionador por su ingratitud. No se nos mencionó siquiera la posibilidad de que el padre hubiera tenido que condicionar a su vástago exonerado para poder recibirlo de vuelta y depositar su confianza en él y que posiblemente el padre más de una vez sintió su espalda amenazada.
Viéndolo de esta forma, la parábola está incompleta: jamás nos narran como la hipocresía tuvo que reinar sobre la casa del padre porque una vez fracturando esa confianza, es difícil restaurarla con una pasional y efímera súplica.
No nos la cuentan porque es más fácil que todos sigamos siendo Padres misericordiosos mientras los primogénitos no son valorados y los frutos descarreados se aprovechan siempre de los padres. Pareciera que esa versión fue censurada con el único fin de hacernos sumamente tolerantes ante las hipocresías, las traiciones y las ofensas directas a nuestras bondades. Esa secuela, en apariencia, ha sido omitida de la parábola original, dónde la misma nos advertía que aunque el perdón es grande, también debemos ser cautos ante personas que jamás son aleccionados con los golpes de la vida, que jamás tienen la humildad de reconocer sus equivocaciones o, peor, sus propias faltas porque el orgullo les pesa, porque su ego es la armadura más fuerte que portan.
Esa segunda parte jamás contada pudiera habernos ahorrado el desesperanzador aprendizaje de que muchas personas no cambian porque jamás dan con el clavo de sus problemas o peor, porque ni siquiera les interesa. La gente no cambia, o por lo menos, los más ingratos y deshonrosos truhanes no lo hacen: siempre serán la misma escoria de siempre.
Los textos perdidos en el evangelio de San Lucas tal vez hubieran rescatado la (inocente y a veces, ingenua) fe de muchos de nosotros porque, admitámoslo, una vez recibiendo el segundo cuchillazo por la espalda de la misma persona, poco queda hacer para sanar nuestra confianza en el resto de la gente.
Y lo que sucede es que, o confiamos en alguien nuevo y diferente y ahí depositamos nuestras esperanzas restantes o simplemente dejamos morir todo ese valle de ilusiones y nos amargamos el resto de nuestras vidas.
Alguien encuentre las hojas de ese "capítulo apócrifo" en la biblia y publíquelas en el más grande espectacular que encuentre, en todos los periódicos existentes y en las páginas más visitadas de Internet. Falta hace que alguien le diga a las personas del mundo que si hay algo que deben cuidar de sí mismos no es su virginidad física si no la sentimental, aquella que una vez atravesada termina derramando casi toda la inocencia que atesorábamos.
¿Por qué hablar sobre esto? Bueno, mi querido lector, es que habemos personas muy fuertes (y estúpidas, sin duda alguna) que nos rehusamos a dejar de creer en los extraños, a depositar la confianza a ciegas y perdonar incondicionalmente.
Hace 4 semanas mi ex novia volvió a mi vida y no le negué la oportunidad de salir de nuevo. Sabía que recién había cortado con el novio por el que dos veces me terminó a mí y aún así acepté, porque confiaba en ella, porque la había perdonado, porque me importaba más el futuro que pudiéramos tener juntos que el pasado que hubiéramos tenido. Fui indulgente y fui muy feliz un par de semanas, hasta que ella volvió a salir con él... y un pequeño error mío la hizo cambiar de opinión. Le condicioné dejar el pasado atrás incluyendo a su exnovio y se negó, así como posiblemente el hijo pródigo, en un acto de rebeldía digno del ser egoísta que siempre fue, jamás aceptó la autoridad del padre.
Ahora se fue otra vez de mi vida, con todas las ilusiones de esa gran historia de amor. Mi hija pródiga huyó nuevamente con todo lo que este Padre misericordioso pudo otorgarle a uno de sus seres más amados.
Aprendí muchas cosas... ahora sólo me falta aprender a no confiar de nuevo.
"Así dice el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre! [...]"
Jeremías, 17-5
"Mundo sucio donde todos piensan sólo en ellos mismos, malditos mil veces, títeres del egoísmo."
No hay comentarios:
Publicar un comentario