martes, 19 de febrero de 2019

Ignorante

¿Cómo le gritas al mundo ciertas cosas importantes?
¿Cómo le gritas al mundo que no eres punto de comparación?
¿Cómo le gritas que eres lo que eres? y
¿Cómo les gritas que, en sus múltiples variabilidades eres, al igual que cualquier,
una consecuencia de tus circunstancias?
¿Cómo les gritas que no difieres de alguien a quien te cruces en la calle, sea o no su ropa de marca o sea su trabajo bien remunerado o el salario mínimo?
¿
Cómo les gritas que eres un resultado de lo que nadie planea ser, con todo lo desagradable que implica?
¿Cómo le gritas al mundo que no eres educado?

¿Cómo le explicas a esas masas lo que no te puedes explicar a ti mismo?
¿Cómo les dices que eres puro potencial desperdiciado?
¿Cómo les haces saber que eres material contaminado?
¿Que estás perturbado? ¿Que no naciste turbio y te aclaraste artificialmente?
¿Cómo les esclareces las cosas a un mundo opaco?
¿Cómo gritarle al mundo sordo?

El mundo nunca escucha, menos la gente que para eso habita en él. Tuve que preguntarme todo esto sólo para llegar a la sencilla y lógica respuesta:
Para gritarle al mundo cosas importantes debes ser alguien importante... y es que una vez arriba todos te escuchan, aún si eres un completo ignorante, como yo.

Anorexia cognitiva

Mi salud mental flaquea.

Siento que rozo la locura. Que estoy a dos pasos de abandonar todo lo material y desaparecer.

Siento una vena palpitando cerca de mi frente. Mis nervios canibaleándose.

Siento una desazón, un despropósito en mi camino. Alguien cambió la partida y no me se me notificó.

Siento demasiado. Ese problema sí se me avisó.


Pero nadie tiene instructivos ni biblias para el sentir. Y sólo puedo quedarme con el desasosiego de ver siempre mis esfuerzos desmoronarse.

Sólo puedo quedarme a ser espectador de mi propia ruina, de mi propia autodestrucción.

Sólo me queda quedarme donde no quiero estar... Donde no me gusta quién soy.

Sólo puedo sentarme en la banca a ver quiénes más ganan el juego y yo aprieto los puños fuerte, por no ser protagonista de mi propio campeonato... Por entrar para perder.

Aún no puedo creer dónde fui a parar. Aún no puedo creer cómo llegué aquí.

Puedo perder mi empleo por ansiedad. Acabo de terminar la relación cuyos planes fueron los más serios al momento. Y estoy condenado a gastar mis quincenas en esta renta maldita: Financiando mi propia prisión, mi propio encierro.

Alguien me sacudió el cerebro. Alguien me descompuso el corazón. Alguien desperdició mi alma...

Y ahora soy el contenedor de un puñado de fracasos anunciados. Una canasta con panes añejos.

Y ya no sé qué es real y qué no. Ya no sé controlar mi emociones. Perdí toda voluntad y sólo quiero estar en cama. O ir a la cocina ocasionalmente para darme cuenta que no hay nada que me apetezca comer y volver a la cama enseguida.

Nadie ríe. Ésta desgracia no viene con un remate del chiste. No la acompaña una tarola y un platillo. Me tengo qué tragar este absurdo sin agua. Y con un poco de suerte, atragantarme hasta morir.

Me he sentido desahuciado pero hoy, me siento desahuciado por mí. Porque estoy aquí pero ya no. Ya no está el mando principal, ya no hay quién lidere este barco y cada día siguiente se siente como un iceberg apunto de colapsar conmigo.

Un día me hundiré y no habrá honor en la arrogancia en cómo me hundí. Una día me hundiré porque mi percepción tan flaca sólo es anorexia cognitiva. Un día me hundiré y habrá muerto el dolor.


miércoles, 16 de septiembre de 2015

El precio del juego de adultos

Hace año y medio desaparecí. En la búsqueda por intentar aniquilarme mi yo autodestructivo, me aislé de mi propia letra y jugué con las líneas de mi silueta psíquica para ver si podía pintar un nuevo yo... Pero no lo logré.

Hace un mes y y una semana cumplí años. Veinticinco años. Hace un año, según la media del INEGI, cuento formalmente como adulto. La idea me pareció tan aplastante que, sin querer traté de huir los primeros meses a esa idea. No me deprimió, pero cuando dos meses después me golpeó el hecho de que la cifra había cambiado y que gente comenzaba a verme mayor, con más autoridad, con más experiencia (como si eso me otorgara algo), con cierta responsabilidad, no me quedó mas que asumir el rol.

Tenía esta lucha interna entre asumir cómo me veían el resto o continuar figurándome como recién salido de la adolescencia. No tardó mucho en ganar el fuerte peso que se me había depositado. Y aún hoy me preguntó si me venció la sociedad, la estructura patriarcal que prohíbe la infantilería o simplemente el tiempo trajo la razón y sus toneladas de dolorosa resignación.
Esa resignación, desde entonces, me acompaña... Hoy, se cumple casi un año desde que asumí ese cargo (con resignación). Y entonces se derramaron los días sobre mi rutina; un tiempo tan cristalino que jamás noté su constante flujo.
El calendario y los árboles se deshojaron, y los albores y los crepúsculos se volvieron reiterativos. ¿Qué hacía yo mientras eso sucedía?...

Seguir viviendo, pero ni al ego ni a la sociedad eso le ha bastado nunca.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Psicópatas

Querido lector: no resultará sencillo explicarme en esta publicación, como tampoco será fácil para usted leerme y mucho menos, creerme. Puede que esté leyendo el delirio absoluto en donde el anhelo a la ficción se ha difuminado con mi percepción de la realidad; puede también que esté leyendo una tergiversación de las cosas hacia un punto de vista favorable para mí que justifique las lesiones de mi personalidad o puede, en una azarosa coincidencia, que esté leyendo la hipótesis correcta sobre el desarrollo de mi persona con un pronóstico de tinte profético; honestamente no sé lo que usted está leyendo además de letras virtuales.

Habiéndole advertido en tiempo y forma, comienzo entonces con el texto oficial.

Soy fanático de la serie "Dexter". Lo que comenzó como una recomendación para un amigo hacia un programa que vi casualmente y en un solo capítulo, se convirtió en una obsesión. Dudo ser el único que se identifique con el personaje, pero tal vez sí el único tonto que se ha inspirado, e incluso, adecuado un poco a su comportamiento por lo visto en una serie basada en un puñado de libros un tanto brillantes.

Hace casi un mes inició la última temporada de esta serie. Uno de los personajes, la Dra. Vogel, reconocida psiquiatra cuyo apodo profesional es "La encantadora de psicópatas" debido a sus diversas publicaciones en el ramo de la psiquiatría criminalística, le recuerda constantemente a nuestro personaje principal lo psicópata que es y lo mucho que admira "su condición", exaltando incluso, su labor.

En varios capítulos se ha encargado de definir algunas de las características de los psicópatas, incluyendo, también, algunas de las causas que los originan, como las neuronas. Varios de esos capítulos me han ayudado un poco a entender el perfil del psicópata, sobre todo, porque recuerdo un par de especiales transmitidos por la cadena Tve en su programa "Redes". Uno de ellos, hablando del Perfil Psicópata y en el siguiente, hablando sobre su impacto y rol social.

Lo que me resulta un poco escalofriante es que, anteriormente, no creía poder categorizarme en este padecimiento. En realidad, no había mostrado síntoma alguno de psicopatía: soy una persona amigable y de cierta forma, altruista, preocupada por el bien común y social... Hasta que comencé a reflejarme en algunas de sus características y la duda me atacó sorpresivamente: ¿Se nace siendo psicópata o no? y de ser así ¿me estoy convirtiendo en uno?

En mis anteriores posts había hablado sobre la necesidad de fingir y las múltiples máscaras que he llegado a interpretar generando una crisis de identidad. ¿Mi
verdadera identidad es ser el más grande embustero que hasta se engañó a sí mismo? Y si me ha leído con frecuencia, habrá leído también sobre mi fallida y mecánica personalidad empujada, mayormente, por odio y amargura.
Tal vez el hueco de personalidad era, más bien, el camerino donde mi psicópata preparaba su siguiente acto esperando ser elogiado por su apasionado papel, personaje que él mismo llegó a creer que era.

En este momento, le pido un favor, estimado lector: reproduzca el siguiente vídeo  y no lo pause hasta que haya terminado de leerme, me gusta pensar que su música ayuda a la comprensión.

http://www.youtube.com/watch?v=J3zyCkpDHq0&list=PLYp1WzX9PMTZWqi69ZSd8Q-Lc5iBSqPU-

Nadie, ni usted ni yo, se salva de haber tenido una o varias experiencias traumáticas que le hayan marcado. Yo, con el órgano bombeante en mano, puedo garantizar que he tenido varias en mi infancia que no he podido borrar.

De niño algo ya andaba mal en mí. Aún recuerdo que, por las noches, llegué a tener varios ataques esquizofrénicos mientras me encontraba sonámbulo. Supuestamente, un psicólogo dictaminó que era estrés lo que me tenía alterado. Yo aún temo que esos capítulos nocturnos  y demenciales algún día regresen...
En  ocasiones, pude odiar con tanta intensidad a mi hermano mayor, convencido de que él destruía mi infancia, que por las madrugadas, me paraba con un cuchillo en mano frente a su cama y pensaba en apuñalarlo varias veces. Para mi suerte y la de él, cobraba la cordura para cavilar sobre las consecuencias de aquello... pero desde entonces, hay algo en mí que yace dormido. 
Estaba en secundaria y solía asistir a las fiestas de mis compañeros, aunque nunca llegué a embriagarme como ellos. Mi música y yo teníamos algo en común: en cuanto nos presentábamos, ya querían quitarnos. Nunca fui muy popular en la escuela... y honestamente, no tenía el carácter para hacerlo, ya que recuerdo el montón de veces que me arrinconé a observar a todos con intriga y curiosidad: ¿Por qué ellos pueden ser felices y yo no?

En algún momento, harto de la indiferencia con que me trataban y de las burlas de un compañero, en plena fiesta me metí a la cocina, tomé un cuchillo, salí a la cochera dónde él estaba, lo tomé por la espalda y posicioné el filo en su cuello a punto de degollarle... pero en ese momento clave, me detuve y sigo sin saber por qué.
Tiempo después, aún en la secundaria, tuve un mal día por la mañana y al despertarme, con un corte de cabello que temía criticaran, tomé un hacha corta y la metí a mi mochila. Al llegar a clase, cuando la primera burla llegó a mis oídos, le mostré a mi compañero el hacha con un carácter insinuante. Mi colega entró en pánico y bastó con que saliera confiadamente al baño para que me delatara a mis espaldas.

No es la primera vez que fantaseo con violencia y venganza. He tenido el deseo de lanzar una granada a una pandilla que me propinó una golpiza a los 16 años, golpiza de la que aún conservo cicatrices.
A pesar del todo el tiempo que ha pasado desde que terminé con mi ex, varias veces la he imaginado atada, desnuda, sufriendo pequeñas torturas que ella misma, en algún momento, confesó oscuramente anhelar aplicarlas en alguien más. También he revoloteado en mi imaginación la manera en que disfrutaría torturar al remedo de hombre por el que me dejó... y no por la sensación de pertenencia, si no por el símbolo de traición y deshonor que ambos representan en mi vida.
Hace un par de meses comencé a cargar con una navaja por la posibilidad de volver a ser asaltado, y hay instantes en los que me he llegado a convencer que tengo más ganas de serlo para poder apuñalar a alguien que por el simple motivo de defenderme.
Masacres en plazas públicas, maleantes degollados, mujeres burguesas y elitistas torturadas, inclusive, a veces me gustaría portar un arma sólo para apuntarle a las personas, sentir su temor y pedirles que me respeten y admiren... ¿Estoy enfermo? Nunca he sido un aficionado del gore y la mutilación, siempre me ha parecido algo grotesco cuando se convierte en el único objeto de contemplación, mucho menos de la putrefacción. Pero la sangre... no lo sé, algo me pide verla fluir.
La razón por la que no he hecho nada de esto es común: por el sentido de moral y de empatía; soy alguien empático y este es el síntoma totalmente opuesto a la psicopatía, no obstante, he notado como la capacidad de relacionarme mediante la afinidad se ha ido mermando. Tal vez mi red neuronal encargada de la empatía comienza a dejar de funcionar o... ¿sólo me aferro a creer eso como quien se aferra a la religión para negar un nuevo orden, menos estricto y más caótico? ¿Y si lo que yo creo sólo es un constructo con el que me engaño constantemente para negarme a mí mismo? ¿Un código que no me pertenece? 
Temo convertirme, tarde o temprano, en un psicópata. ¿Cuándo? En tiempo exacto no lo sé, pero sé que, después de tantas experiencias de violencia, de haber crecido con tanta impunidad en mano, un día no voy a poder con eso.

¿Y qué tipo de psicópata seré? Lo desconozco. Si es verdad que todo esto está dentro de mí, el genio desquiciado del que pudiera llegar a hacer uso una vez que aniquile mis escrúpulos es lo que más me consterna.

Las experiencias fuertes pueden cambiar a las personas y yo espero la enorme e ineludible roca que romperá el frágil cristal moral que en mis adentros divide a la persona del monstruo, porque esa bestia tras la vidriera no va a agradarle a nadie, lo sé porque lo distingo bien, lleva ya tiempo gestándose en mí entre narcisismo, egoísmo, mezquindad y violencia. Conozco a ese monstruo, lo he regulado siempre, lo he maquillado con altruismo, humildad, nobleza y templanza, lo conozco muy bien porque, en realidad, ese monstruo es posiblemente mi verdadero yo.

El texto ha terminado, lector, puede apagar la música ahora si así lo desea... De cualquier manera, el demonio que yace en mí estaba a punto de despertar.


Nota editorial: Esta entrada estaba programa para ser publicada a finales de Julio, pero por evidentes motivos personales, decidí no hacerlo.

miércoles, 26 de junio de 2013

Aprender a fingir

Los recuerdos de ella y yo, frotándonos entre ambos, dándonos la pasión que por separado no teníamos, siendo yo su actor y, ella, mi actriz porno favoritos... dejando en manos de las caricias el lenguaje que las (divinas) palabras ya no podían llevar. 

Es mentira: los caballeros sí tenemos memoria, y una muy fotográfica. Pero somos tan celosos de los recuerdos que guardamos en ella que fingimos no tenerlos, o mejor dicho, poseerlos (yo poseo éstos, y aunque sean para mí como erizos marinos, no quiero soltarlos por temor a olvidar que algún día visité el mar).

Hace poco discutía con un amigo la relevancia de los videojuegos en la vida personal y social y si podían (al igual que cualquier obra artística) representar un agente de cambio. Le resumí que los videojuegos eran una experiencia narrativa y conductual. Él respondió que la experiencia está sobrevalorada. Y en aquel momento pude concordar con la elocuencia que dio a entender su punto: ¿es la experiencia trascendente en la vida de un hombre mismo? Su respuesta es simple: no, todos morimos con nuestra propia experiencia. 

No obstante, para mí, esta experiencia amorosa me transformó en múltiples aspectos. Y al igual lo han hecho otras, desde las más triviales hasta las transgresoras, de las más personales a las más ajenas. 

¿Habrá, por ejemplo, alguien que haya vivido el 11/S que no lo recuerde como algo que le cambió? ¿Alguien a quien algún asesinato masivo no le haya perturbado en su concepción de locura y humanidad? ¿Qué podríamos especular de las personas que dieron su vida por otras y aquellas víctimas salvadas le han rendido honor con bondad y activismo? 

Cada experiencia que vivimos se queda en nuestros recuerdos, y aunque cada recuerdo fuera una interpretación personal según la emotividad que nos haya provocado, es en ese proceso de reinterpretación donde ya nos hemos transformado, ya no somos los mismos de antes.

¿Y olvidamos? ¿Realmente olvidamos a las personas o sólo las reducimos a algo insignificante? Las canciones populares nos han enseñado la importancia de olvidar, pero nada más absurdo que eso: jamás olvidamos. Olvidamos cosas pequeñas porque son cosas, en todo caso, podemos cosificar a las personas y olvidarlas, pero los recuerdos no son cosas, son esencia. Nos formamos de historias, porque las historias son recuerdos transferidos. Puede que la memoria nos juegue mal, pero cada quién y cada cual podrá hallar momentos ajenos que nos trasformaron, momentos que nunca nos pertenecieron o que, en un grado socialista de pensamiento, siempre le pertenecieron a todos. Y cuando todo esto aterriza en nuevas acciones, en nuevas historias, en nuevos recuerdos, hemos ya traspasado la barrera de la muerte, al menos, de la propia. 

Lo que vivimos nos marca, nos genera algo para memorizar "sin querer", pero cuando cumplamos 70 u 80 años estaremos hablando de lo único que nos queda por hacer: contar historias de cómo nuestros tiempos eran diferentes, de que nuestras locuras tuvieron consecuencias y de dónde está lo que otros tardan tanto en buscar, porque en la senectud nos damos cuenta que la vida se resume en recuerdos y algunos (una gran mayoría) se lamentará con llantos en forma de ciprés por apostar a la vida segura y tranquila; esto por jamás haber buscado generar momentos para filmar dentro de su cabeza. 

Y todas esas marcas no se van... todos esos collages de felicidad, tristeza, dolor, ternura, contemplación, relajación, de locura y desesperación, están en nuestra cabeza como en el estudio de un fotógrafo, recordándonos nuestra trayectoria. Podemos fingir que muchas cosas nos hicieron daño y que ya no importan, pero caeremos en el autoengaño rápidamente.  Nunca hemos dejado de sufrir las pérdidas, ni de extrañar a alguien, tampoco hemos dejado de amar y menos hemos dejado de odiar. Nos vemos como pelotas que cambian de color con el agua y la luz, cuando en realidad siempre hemos sido de todos los colores, como una canica que encierra todos ellos dentro en un arcoíris misterioso y diminuto. 

Es verdad lo que dice la canción: "todavía duelen los romances que ya son historia, ningún amor muere, sólo cambia de lugar en la memoria...", porque lo que aprendemos en la vida, debido a nuestra condición humana, es a controlar esos collages, darles un orden y guardarlos en cajas, en un almacén o un ático mental. Reajustamos nuestras vidas con cada golpe físico, emocional y existencial; nos torcemos y nos adaptamos, pintamos sonrisas y nos las creemos porque es sencillo y permite llevar una vida fácil: fingimos que nada nos ha pasado cuando todo nos ha afectado, fingimos que hemos superado todo cuando en realidad sólo le restamos importancia, fingimos que ya nos hicimos fuertes aunque la verdad es que nos hemos resignado a ser jodidos y jodidos quedarse. 

Eso resulta nuestra experiencia vivida: en resignarse y aprender a fingir, porque nadie quiere leer las letras pequeñas de las personas tan pronto se presenten. 

Hace dos días, una vieja amiga me confesó que la gente brillante le asusta, incluyéndome,  a lo que le pregunté el porqué habría yo de darle miedo y me resumió su punto: “Eres como una playa de noche”. Pude entender su metáfora de inmediato: abismalmente profundo, tan oscuro e impredecible, tan encantador y romántico que lo que puedan esconder mis aguas provoca terror. Lo que ocultan mis olas son experiencias, recuerdos, lo que he vivido… Y entiendo por qué a veces puedo lucir intimidante siendo un mar abierto, una inmensidad que te invita a sumergirte en ella sin garantizar tu salida. Nuevamente, descubres que no todos nacen para bucear y menos en costas ajenas.

Habré de aprender a fingir que he dejado de amar y de odiar, que nada me ha marcado porque soy fuerte, porque soy impenetrable, y aquí es donde podremos darnos cuenta de que los seres humanos nos parecemos a los árboles: vienen extraños a pintar o tallar nuestras maderas, algunos nos talan y esas huellas no se borran, ni después de muerto. La madera de los árboles persiste en materia como los recuerdos de la gente persisten en historias.

miércoles, 5 de junio de 2013

Mecanismos internos (Pasión, odio e inocencia).


"Mecanismos internos", es el eufemismo que utilizamos para describir todo lo que pasa en nuestros adentros, todo lo que nuestra mente procesa y de lo que no somos conscientes hasta que estos resultan en algo impulsivo, algo que no esperábamos. Incluso en nuestra misma persona buscamos el control absoluto pero no hay una edad específica, a diferencia de con la navidad, para decirnos que todo es un montaje, una ilusión, una dulce mentira para estar en paz un rato en lo que estamos listos (¿lo estamos?) para conocer la verdad: tales mecanismos no existen... o no al menos, para todos.

Desde hace un par de semanas tengo la inquietud de haber perdido un fuego dentro de mí. Me gustaría culpar, nuevamente, a Lorena por todo esto, pero lo cierto es que ese fuego ya estaba extinguiéndose antes de que ella llegara a mi vida. Por el contrario, ella fue un combustible artificial que hizo que todo ardiera salvajemente... y se consumiera pronto la leña en mi pecho. Ahora soy como el hombre hojalata, en busca de un corazón.

Pasé demasiado tiempo reflexionando sobre el comportamiento de las personas, analizando los roles de lo que me había sucedido (y sigue sucediendo), que tal vez no parezca pero logré controlarlos todos. Ahora, no soy un hombre, soy un cyborg. Todo lo que sucede dentro de mí está diseñado y totalmente calculado, me he regulado en mis interiores... He suprimido mi frenesí.

Es aquí cuando el término de mecanismos internos cobra su valor etimológico: Todo lo que sucede en mí es un mecanismo, ya no hay aleatoriedades en mi interior, todo sigue un estricto orden y control y ese, es mi principal desorden.

El único impulso del que soy acreedor es el de la inhibición. Pasé de ser el chico extrovertido y protagonista a otro simple mortal que quiere vivir inadvertido.
Es que la fama es un compromiso, como todo lo demás. No es verdad que creas fama y te echas a dormir; por el contrario, creas fama y tienes que estar constantemente peleando los focos de atención. El triunfo es un compromiso del mismo calibre, porque una vez que destacas, el mundo espera que sigas triunfando sobre ti mismo (¿de verdad somos tan desconsiderados?) y el amor no es la excepción: te exige entrega, compromiso, entusiasmo, te exige un harto de pasión.



Pero la pasión es para los corazones (y los estúpidos). Creo que por ahí quedó mi corazón atragantándose con su propia estupidez, pero no sé exactamente dónde lo tiré. He considerado varios puntos cruciales en mi vida como causa de este sumo apagón de vehemencia: El fracaso de mi carrera tecnológica, el fracaso amoroso de Lorena, el fracaso en la vida universitaria y los múltiples fracasos laborales donde no llegué a conseguir un ascenso.
¿Con qué cara le pedimos a otros que se comprometan a ciegas si nosotros no haríamos lo mismo? Ahí es donde radica el problema: el desengaño.

Ya no hay inocencia. No nos entregamos así porque sí porque también así porque sí nos hacen daño, nos embaucan, nos defraudan, nos hieren los sentimientos... "De ninguna manera caeremos de nuevo", nos repetimos aquella paráfrasis, porque ya no somos tontos, ya no somos niños que se engañan fácil, pero ¿de verdad queríamos dejar de ser niños? ¿Siempre deseamos ser adultos?

Les (nos) hemos vendido la idea de que ser adulto es lo máximo pero ya ni siquiera esa falacia está funcionando. De pequeños jugábamos a ser adultos pero de adultos ya no podemos jugar a ser niños porque no es propio (¿qué no lo propio es personal y no general?) de un adulto.
Los adultos somos androides. Somos carcasas y mecanismos bien aceitados. Somos todo lo que todos querían que fuéramos, y pocos tienen la suerte de ser lo que de niño querían ser: niños grandes con juguetes grandes. Cometemos el muy imbécil error de arrancarnos el corazón de adolescentes para ya no sufrir más y usar la razón, pero la misma razón, veinte años después, te dice que la única razón buena para quitarse el corazón es para suplirlo por uno nuevo. Entonces ahí vamos como los nuevos robots que la sociedad esperaba en sus filas.

Estoy apunto de cumplir 5 meses sin ir a terapia psicológica. Dejé de ir porque quien me atendía jamás supo desescombrar mis adentros, pero sí supo darme a entender que lo mejor para mí era dejar mis obsesiones (pueden llamarle pasiones, si gustan) y ser un poco más "normal".


MI niño interior se rehusó... aunque para el caso, él lleva desaparecido casi el mismo tiempo.

Desde (siempre) entonces me volví adicto a la ira. El odio me ha impulsado más que cualquier otro concepto noble que pudiera mencionar. Es el odio quien a conducido mis pasos en este adverso sendero.


El odio jamás fue malo, sólo estaba un poco incomprendido ¿saben? Es preferible moverse aunque sea por algo tan ruin que simplemente estar quieto, no hacer nada y ser otro espectador más del giro de 360 grados que da el mundo cada 24 horas. Ése es el único arrebato que de vez en cuando me queda: arranques de ira y odio desmesurado que me hacen sentir vivo, que me dan un color que no sea gris, que me da el calor del coraje para, al menos, no estar como mi amigo, siempre tibio
Ese amigo mismo incluso me confesó que todo su embrollo de haberse enredado con una prostituta no le hizo perder la cabeza, no como él esperaba que fuera, no lo suficiente para salir de su tibieza.

Otro amigo me confió lo mismo y es por eso que ha prosperado su Invierno.
¿Qué nos pasa hoy en día que encontramos en el nihilismo la única respuesta (insatisfactoria) a tantos cuestionamientos propios? Vamos buscando cometer estupideces día tras día tras día buscando sentirnos vivos porque ningún deseo ferviente nos mueve, ni siquiera la búsqueda desesperada de signos vitales en nuestras acciones se define como pasión: también es, casi, un proceso automático.

En cuanto a mí, bueno, es un fenómeno que tengo bien identificado: estoy en el eterno loop de no saber que hacer con mi vida, pues me encuentro en el punto exacto donde debería entregarme en cuerpo y alma a alguna de los cinco sueños que persigo, pero es tanta mi obstinación a quererlo todo, que no estoy dispuesto a sacrificar los otros 4 sólo para tener uno... Y aquí estoy, acampando en la bifurcación de mis caminos esperando a ver hacia donde correr (porque seguramente iré tarde) o a que alguien decida darme un aventón a cualquiera de los cinco sitios que pueda llegar. Por eso me mantengo tibio, quieto, inhibido: para no arriesgarme a entregarme a algo que no me va a dar frutos porque ya habría sacrificado otras cuatro posibles historias sobre mi vida.

Somos nosotros los drones los que tenemos mecanismos internos bien identificados, los que razonamos con nuestros propios flujos y los calculamos, los que convertimos el desarrollo humano en un proceso cuantitativo, los que jugamos con nuestras propias variables y anotamos los resultados, los que vemos nuestra personalidad funcionar como en una novela de Steampunk. Somos inteligencia artificial, preprogramada, porque no tenemos inteligencia real: la que proviene del descubrimiento, de la ingenuidad intrépida y divertida, la que proviene de la frágil y volátil inocencia.

"Ya las ganas de vivir sin ella las mismas no son, 
ya la mente piensa más y siente menos el corazón,
ya la vida, aquella apasionada, se enfrió sin dudas
y la emoción de una canción hoy es sólo un montón de arrugas". - Al2


martes, 7 de mayo de 2013

El Hijo Pródigo y la secuela censurada.

Quién no ha oído o leído esta completa historia bíblica sobre perdón, arrepentimiento y redención: El hijo descarreado que exige al padre la parte de su herencia y huye para despilfarrarla en banalidades hasta acabar en miseria, darse cuenta del mal que ha hecho y se redime regresando al padre pidiendo trabajo, siendo recibido con alegría y abrazado nuevamente por el padre misericordioso.


En su origen, San Lucas escribe esta historia como una forma de ejemplificar que todos somos pecadores y seremos perdonados ante dios, Todomisericordioso, si de corazón nos arrepentimos, pero por lo general, es lo último que pensamos al comparar este cuento con nuestras vidas.

Ésta parábola evangélica sirve de modelo para comparar muchas situaciones comunes en la vida de muchos de nosotros. Me atrevo a decir que no hay quién no haya sentido que ha dado todo por alguien querido al que cuidaba y procuraba y al final esta persona develó sus verdaderos intereses y se alejó. Muchas veces éstas mismas personas regresan tiempo después en busca, de vuelta, de aceptación. Es aquí dónde quiénes recordamos esta parábola ejercemos el perdón porque el cristianismo ha dejado claro que "Errar es humano, perdonar es divino", y que "todos somos pecadores y merecemos segundas oportunidades".

A simple vista pensamos en la forma indulgente del padre y de quien toma su ejemplo. No pensamos en las veces que esas indulgencias terminaron en, de nueva cuenta, un fraude, una traición más trapera o en el mejor de los casos, la misma ofensa perdonada.

A uno no le cuentan las versiones alternativas de la historia, o peor aún, esa secuela nunca hecha pública. No le cuentan a uno que el hijo pródigo volvió a casa del padre, hizo su mejor esfuerzo por cambiar pero nunca lo logró y siguió siendo ese mismo cerdo egoísta que alimentaba a otros cerdos en un corral, o que posiblemente, en cuánto pudo, se emancipó porque jamás toleró la autoridad tácita del padre.
Jamás se nos cuenta que el padre jamás buscó al hijo, posiblemente bajo la indignación del oportunismo mostrado por su heredero. Tampoco se nos relata que el hijo pródigo en realidad jamás aprendió la lección, porque aunque las experiencias traumáticas nos marcan, fue hasta que la necesidad lo golpeó que supo dónde se encontraba mejor, más no reconocer su error. De ninguna manera fue revelado que el sucesor perdonado posiblemente aprovechara mejor los bienes de su padre ahora estando con él o que incluso pudo haberlo traicionado para quedarse con ellos. Nunca se contó que el hermano mayor jamás perdonó al padre por la ingratitud de tenerlo ahí y no valorarlo hasta que perdió a su otro hijo, tampoco se contó la posibilidad de que el hijo mayor le negó la ayuda al padre una vez siendo traicionado por el progénito redimido, a modo aleccionador por su ingratitud. No se nos mencionó siquiera la posibilidad de que el padre hubiera tenido que condicionar a su vástago exonerado para poder recibirlo de vuelta y depositar su confianza en él y que posiblemente el padre más de una vez sintió su espalda amenazada.
Viéndolo de esta forma, la parábola está incompleta: jamás nos narran como la hipocresía tuvo que reinar sobre la casa del padre porque una vez fracturando esa confianza, es difícil restaurarla con una pasional y efímera súplica.

No nos la cuentan porque es más fácil que todos sigamos siendo Padres misericordiosos mientras los primogénitos no son valorados y los frutos descarreados se aprovechan siempre de los padres. Pareciera que esa versión fue censurada con el único fin de hacernos sumamente tolerantes ante las hipocresías, las traiciones y las ofensas directas a nuestras bondades. Esa secuela, en apariencia, ha sido omitida de la parábola original, dónde la misma nos advertía que aunque el perdón es grande, también debemos ser cautos ante personas que jamás son aleccionados con los golpes de la vida, que jamás tienen la humildad de reconocer sus equivocaciones o, peor, sus propias faltas porque el orgullo les pesa, porque su ego es la armadura más fuerte que portan.

Esa segunda parte jamás contada pudiera habernos ahorrado el desesperanzador aprendizaje de que muchas personas no cambian porque jamás dan con el clavo de sus problemas o peor, porque ni siquiera les interesa. La gente no cambia, o por lo menos, los más ingratos y deshonrosos truhanes no lo hacen: siempre serán la misma escoria de siempre.

Los textos perdidos en el evangelio de San Lucas tal vez hubieran rescatado la  (inocente y a veces, ingenua) fe de muchos de nosotros porque, admitámoslo, una vez recibiendo el segundo cuchillazo por la espalda de la misma persona, poco queda hacer para sanar nuestra confianza en el resto de la gente.

Y lo que sucede es que, o confiamos en alguien nuevo y diferente y ahí depositamos nuestras esperanzas restantes o simplemente dejamos morir todo ese valle de ilusiones y nos amargamos el resto de nuestras vidas.

Alguien encuentre las hojas de ese "capítulo apócrifo" en la biblia y publíquelas en el más grande espectacular que encuentre, en todos los periódicos existentes y en las páginas más visitadas de Internet. Falta hace que alguien le diga a las personas del mundo que si hay algo que deben cuidar de sí mismos no es su virginidad física si no la sentimental, aquella que una vez atravesada termina derramando casi toda la inocencia que atesorábamos.

¿Por qué hablar sobre esto? Bueno, mi querido lector, es que habemos personas muy fuertes (y estúpidas, sin duda alguna) que nos rehusamos a dejar de creer en los extraños, a depositar la confianza a ciegas y perdonar incondicionalmente.

Hace 4 semanas mi ex novia volvió a mi vida y no le negué la oportunidad de salir de nuevo. Sabía que recién había cortado con el novio por el que dos veces me  terminó a mí y aún así acepté, porque confiaba en ella, porque la había perdonado, porque me importaba más el futuro que pudiéramos tener juntos que el pasado que hubiéramos tenido. Fui indulgente y fui muy feliz un par de semanas, hasta que ella volvió a salir con él... y un pequeño error mío la hizo cambiar de opinión. Le condicioné dejar el pasado atrás incluyendo a su exnovio y se negó, así como posiblemente el hijo pródigo, en un acto de rebeldía digno del ser egoísta que siempre fue, jamás aceptó la autoridad del padre.
Ahora se fue otra vez de mi vida, con todas las ilusiones de esa gran historia de amor. Mi hija pródiga huyó nuevamente con todo lo que este Padre misericordioso pudo otorgarle a uno de sus seres más amados. 



Terminé por entender que la confianza no se restaura una vez dañada, sólo se negocia y que los hijos pródigos nunca cambian, al igual que los padres misericordiosos no lo hacemos por la necedad de ser lo que siempre hemos sido. Terminé por entender que perdonamos estúpidamente, que el perdón SÍ es finito, hay que ganárselo porque no es barato.

Aprendí muchas cosas... ahora sólo me falta aprender a no confiar de nuevo.


"Así dice el Señor: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre! [...]"
Jeremías, 17-5



"Mundo sucio donde todos piensan sólo en ellos mismos, malditos mil veces, títeres del egoísmo."

Seguidores