martes, 6 de noviembre de 2012

"Día de muertos" (pérdida, adioses y otras celebraciones implícitas).


Hace 4 días fue el día de muertos. Es una tristeza cómo lo pasé: Trabajando. Desperté en casa de mi madre después de un concierto algo decepcionante y regresé pronto a mi casa para componer mis amadas calaveritas...

Desde que era niño, en la primaria para ser precisos, mis dotes de "escritor" se daban a relucir en actividades textuales pero sobre todo, en esos bellísimos días de muertos. Recuerdo pasear por toda la escuela para encontrar calaveritas. Las buscaba, las necesitaba, requería compararme y pensar quiénes escribían calaveritas mediocres y quiénes realmente se esmeraban haciéndolas, guardando la estética (aunque a esa edad no sabía ni el significado real de la palabra).
Poco a poco fui mejorando hasta que tengo memoria de haber hecho una calavera de 16 versos en sexto año, incluso, parecía popurrí prosaico.

Me gustaban los colores, el papel de china morado y negro, el cempazuchitl y los platillos sobre el altar que despertaban mi apetito pero estaban ahí para deleite "de alguien más".


Con el tiempo crecí y le perdí el gusto a la celebración o al menos, mi atención se fue hacia otro lado. Aún veía calaveritas por ahí y el cariño era el mismo: estaban ahí para recordarme que era bueno escribiéndolas aunque, bueno, en secundaria simplemente no quise participar en el exhibicionismo (de mi desconfianza).
Hace un par de años recobré el amor a esa parte del día de muertos y comenzó a cautivarme la celebración, a tal grado, que se ha convertido en mi nueva navidad.

Me gustaría ver a todos mis conocidos comiendo pan de muerto con un chocolate envinado y celebrando por nuestros muertos, por aquellos que ya sólo están impregnados en la memoria, un día donde la celebración es uno de los axiomas existenciales: todos terminamos partiendo tarde o temprano.

Yo, en lo personal, aún tengo dudas con la muerte. Recientemente, todo lo que viví me hace pensar que si yo partiera ¿Sería igual? ¿Quién no ha tenido ganas de morirse sólo para saber que sí hace falta en el sitio donde coexiste? (aunque a veces nos gane el miedo de descubrir lo contrario ¿no?).
Pero jamás me ha cruzado la idea de perder a alguien querido y es que... soy un poco frío al respecto. Todo es resultado de que jamás he perdido a alguien muy querido. En mi infancia, la tía más apreciada por mi mamá y por toda mi familia paternal falleció de un cáncer incurable. Todos le lloraron y aún, mi madre cuenta,  se le extraña y que su muerte fue un punto divergente en la familia. La semana anterior (28 de Octubre) se cumplían 11 años de que una de las mascotas que más hemos querido falleció drásticamente arrollado por un motociclista en un paseo que mi padre y mi hermano mayor realizaron.
Le comenté a mi hermana el aniversario y se sorprendió. Ella me comentó que para ella, la pérdida más fuerte que había sufrido había sido precisamente la de aquella tía y que a la fecha aún dudaba haberlo superado.


En alguna ocasión, mi madre nos hizo visitar su tumba en un panteón no muy lejos de su casa. Siendo honestos, no sé charlar con los muertos.
Y es que nunca se ha ido alguien que de verdad haya trascendido en mi vida. Mis hermanos, mis padres, mis primos, tíos más cercanos y mejores amigos están ahí, vivos. Los pocos familiares que han fallecido no eran cercanos y no recuerdo llorarles. Familares de amigos han muerto y la empatía me ha hecho llorar por su dolor, pero no por el propio. Incluso lloré mucho cuando el abuelo de mi Ex falleció y vi a ella y a sus familiares llorarle... Ahí entonces encontré la muerte.
Cuando su abuelo murió, sentí que moría definitivamente mi ex y su memoria, lo que ella era, lo que fue y lo que pudo ser: expiraron todos los sueños. Su familia era patriarcal y el abuelo era la cabeza. Si en alguna ocasión pensamos en contraer nupcias, el abuelo hubiera dado el consentimiento encima de la autoridad de su madre, pero eso se fue con su muerte.

Lo que viví con ella fue lo más cercano a la muerte de un ser querido: La perdí, se fue, partió y no volvió. Ahí estuvo su ausencia alimentando mi desvelo y chupando de mi tranquilidad. Mi vida cambió radicalmente cuando eso sucedió...
Y obvio, no fue fácil digerir la idea, tanto que pensé que sería más fácil matarla para volver real el luto y no simple y humana impotencia; por suerte (de ella), no lo hice. Hoy, una compañera de trabajo dijo que se tatuaría la frase de "Decir adiós es crecer", supongo que hay algo de razón en ella, aunque para mí olvidar es dejar morir.

Una vez, un compañero de secundaria falleció también producto del cáncer. El día de su misa muchos de mis excompañeros de secundaria no disimularon que fue un buen pretexto para verse y saludarse; a mí eso me indignó, pero por no ser un amigo cercano, con el pasar del tiempo se fue.


Aún no sé cómo reaccionaría ante la muerte de un hermano, un amigo cercano o mis padres pero he llegado a calcular que tal vez mi reacción sea fría y poco cálida... o me derrumbaría. Cualesquiera que sean mis reacciones, sé que el impacto me tomará por sorpresa.

Tal vez ahí es donde nace mi fascinación por esta festividad necrófila: amamos la muerte porque no la comprendemos, porque no entendemos como es tan clara y aplastante su verdad. Y bueno, hay más qué celebrar en ella que una celebración antiguamente azteca adaptada a las condiciones de comercio, valores  y de exigencia familiar en nuestra era moderna (me refiero a la navidad).

Si me lo preguntan, podría decir, incluso, que todos estamos muertos y sólo vivimos para completar esa muerte lenta. Habemos unos más muertos que otros: unos que tenemos que trabajar más de la mitad de su día y cuando llegamos a casa ya estamos pensando en descanso infinito; somos muchos los que nos sentimos muertos, sin poder salir de una fosa social que nos impide pisar los pastizales del colorido camposanto; bastantes que sienten que se pudren por dentro y que es cuestión de tiempo para que la vida les cobre la hipoteca corporal; algunos otros son del tipo "muerto caminante", que creen estar vivos sólo porque andan, aunque su único motivo es seguir como caminantes... Y tras todos estos muertos, habemos los que no caminan con otros muertos, los olvidados, los solitarios, los que los mismos cadáveres cercanos ignoran que tienen de vecino. "Vivimos" en fosas comunes esperando ser identificados, esperando un nombre, un reconocimiento y un "te vamos a extrañar"... estamos muertos esperando que alguien nos diga: "No mueras, porque perderemos una parte de nosotros".

Bajo esa analogía, bueno lector, yo me considero bastante muerto... aunque la metáfora trillada me sirva en este caso: estoy de muerto por dentro pero de pie como un árbol.
Honren mi vida difunta con una calaverita.

1 comentario:

  1. -No mueras.

    -¿Por qué?

    -Porque no quiero.

    Ese es mi "pierdo una gran parte de nosotros, de mí."

    No comparto el mismo amor hacía la festividad pero es una de mis favoritas.

    Atesoraré por siempre mi calaverita.

    ¿Frío? ¿Poco cálido? ¿Derrumbe?
    Cada quien cuenta como le va en la feria.

    Déjame caminar contigo aunque a veces también esté muerta.

    ResponderEliminar

Seguidores