miércoles, 26 de junio de 2013

Aprender a fingir

Los recuerdos de ella y yo, frotándonos entre ambos, dándonos la pasión que por separado no teníamos, siendo yo su actor y, ella, mi actriz porno favoritos... dejando en manos de las caricias el lenguaje que las (divinas) palabras ya no podían llevar. 

Es mentira: los caballeros sí tenemos memoria, y una muy fotográfica. Pero somos tan celosos de los recuerdos que guardamos en ella que fingimos no tenerlos, o mejor dicho, poseerlos (yo poseo éstos, y aunque sean para mí como erizos marinos, no quiero soltarlos por temor a olvidar que algún día visité el mar).

Hace poco discutía con un amigo la relevancia de los videojuegos en la vida personal y social y si podían (al igual que cualquier obra artística) representar un agente de cambio. Le resumí que los videojuegos eran una experiencia narrativa y conductual. Él respondió que la experiencia está sobrevalorada. Y en aquel momento pude concordar con la elocuencia que dio a entender su punto: ¿es la experiencia trascendente en la vida de un hombre mismo? Su respuesta es simple: no, todos morimos con nuestra propia experiencia. 

No obstante, para mí, esta experiencia amorosa me transformó en múltiples aspectos. Y al igual lo han hecho otras, desde las más triviales hasta las transgresoras, de las más personales a las más ajenas. 

¿Habrá, por ejemplo, alguien que haya vivido el 11/S que no lo recuerde como algo que le cambió? ¿Alguien a quien algún asesinato masivo no le haya perturbado en su concepción de locura y humanidad? ¿Qué podríamos especular de las personas que dieron su vida por otras y aquellas víctimas salvadas le han rendido honor con bondad y activismo? 

Cada experiencia que vivimos se queda en nuestros recuerdos, y aunque cada recuerdo fuera una interpretación personal según la emotividad que nos haya provocado, es en ese proceso de reinterpretación donde ya nos hemos transformado, ya no somos los mismos de antes.

¿Y olvidamos? ¿Realmente olvidamos a las personas o sólo las reducimos a algo insignificante? Las canciones populares nos han enseñado la importancia de olvidar, pero nada más absurdo que eso: jamás olvidamos. Olvidamos cosas pequeñas porque son cosas, en todo caso, podemos cosificar a las personas y olvidarlas, pero los recuerdos no son cosas, son esencia. Nos formamos de historias, porque las historias son recuerdos transferidos. Puede que la memoria nos juegue mal, pero cada quién y cada cual podrá hallar momentos ajenos que nos trasformaron, momentos que nunca nos pertenecieron o que, en un grado socialista de pensamiento, siempre le pertenecieron a todos. Y cuando todo esto aterriza en nuevas acciones, en nuevas historias, en nuevos recuerdos, hemos ya traspasado la barrera de la muerte, al menos, de la propia. 

Lo que vivimos nos marca, nos genera algo para memorizar "sin querer", pero cuando cumplamos 70 u 80 años estaremos hablando de lo único que nos queda por hacer: contar historias de cómo nuestros tiempos eran diferentes, de que nuestras locuras tuvieron consecuencias y de dónde está lo que otros tardan tanto en buscar, porque en la senectud nos damos cuenta que la vida se resume en recuerdos y algunos (una gran mayoría) se lamentará con llantos en forma de ciprés por apostar a la vida segura y tranquila; esto por jamás haber buscado generar momentos para filmar dentro de su cabeza. 

Y todas esas marcas no se van... todos esos collages de felicidad, tristeza, dolor, ternura, contemplación, relajación, de locura y desesperación, están en nuestra cabeza como en el estudio de un fotógrafo, recordándonos nuestra trayectoria. Podemos fingir que muchas cosas nos hicieron daño y que ya no importan, pero caeremos en el autoengaño rápidamente.  Nunca hemos dejado de sufrir las pérdidas, ni de extrañar a alguien, tampoco hemos dejado de amar y menos hemos dejado de odiar. Nos vemos como pelotas que cambian de color con el agua y la luz, cuando en realidad siempre hemos sido de todos los colores, como una canica que encierra todos ellos dentro en un arcoíris misterioso y diminuto. 

Es verdad lo que dice la canción: "todavía duelen los romances que ya son historia, ningún amor muere, sólo cambia de lugar en la memoria...", porque lo que aprendemos en la vida, debido a nuestra condición humana, es a controlar esos collages, darles un orden y guardarlos en cajas, en un almacén o un ático mental. Reajustamos nuestras vidas con cada golpe físico, emocional y existencial; nos torcemos y nos adaptamos, pintamos sonrisas y nos las creemos porque es sencillo y permite llevar una vida fácil: fingimos que nada nos ha pasado cuando todo nos ha afectado, fingimos que hemos superado todo cuando en realidad sólo le restamos importancia, fingimos que ya nos hicimos fuertes aunque la verdad es que nos hemos resignado a ser jodidos y jodidos quedarse. 

Eso resulta nuestra experiencia vivida: en resignarse y aprender a fingir, porque nadie quiere leer las letras pequeñas de las personas tan pronto se presenten. 

Hace dos días, una vieja amiga me confesó que la gente brillante le asusta, incluyéndome,  a lo que le pregunté el porqué habría yo de darle miedo y me resumió su punto: “Eres como una playa de noche”. Pude entender su metáfora de inmediato: abismalmente profundo, tan oscuro e impredecible, tan encantador y romántico que lo que puedan esconder mis aguas provoca terror. Lo que ocultan mis olas son experiencias, recuerdos, lo que he vivido… Y entiendo por qué a veces puedo lucir intimidante siendo un mar abierto, una inmensidad que te invita a sumergirte en ella sin garantizar tu salida. Nuevamente, descubres que no todos nacen para bucear y menos en costas ajenas.

Habré de aprender a fingir que he dejado de amar y de odiar, que nada me ha marcado porque soy fuerte, porque soy impenetrable, y aquí es donde podremos darnos cuenta de que los seres humanos nos parecemos a los árboles: vienen extraños a pintar o tallar nuestras maderas, algunos nos talan y esas huellas no se borran, ni después de muerto. La madera de los árboles persiste en materia como los recuerdos de la gente persisten en historias.

miércoles, 5 de junio de 2013

Mecanismos internos (Pasión, odio e inocencia).


"Mecanismos internos", es el eufemismo que utilizamos para describir todo lo que pasa en nuestros adentros, todo lo que nuestra mente procesa y de lo que no somos conscientes hasta que estos resultan en algo impulsivo, algo que no esperábamos. Incluso en nuestra misma persona buscamos el control absoluto pero no hay una edad específica, a diferencia de con la navidad, para decirnos que todo es un montaje, una ilusión, una dulce mentira para estar en paz un rato en lo que estamos listos (¿lo estamos?) para conocer la verdad: tales mecanismos no existen... o no al menos, para todos.

Desde hace un par de semanas tengo la inquietud de haber perdido un fuego dentro de mí. Me gustaría culpar, nuevamente, a Lorena por todo esto, pero lo cierto es que ese fuego ya estaba extinguiéndose antes de que ella llegara a mi vida. Por el contrario, ella fue un combustible artificial que hizo que todo ardiera salvajemente... y se consumiera pronto la leña en mi pecho. Ahora soy como el hombre hojalata, en busca de un corazón.

Pasé demasiado tiempo reflexionando sobre el comportamiento de las personas, analizando los roles de lo que me había sucedido (y sigue sucediendo), que tal vez no parezca pero logré controlarlos todos. Ahora, no soy un hombre, soy un cyborg. Todo lo que sucede dentro de mí está diseñado y totalmente calculado, me he regulado en mis interiores... He suprimido mi frenesí.

Es aquí cuando el término de mecanismos internos cobra su valor etimológico: Todo lo que sucede en mí es un mecanismo, ya no hay aleatoriedades en mi interior, todo sigue un estricto orden y control y ese, es mi principal desorden.

El único impulso del que soy acreedor es el de la inhibición. Pasé de ser el chico extrovertido y protagonista a otro simple mortal que quiere vivir inadvertido.
Es que la fama es un compromiso, como todo lo demás. No es verdad que creas fama y te echas a dormir; por el contrario, creas fama y tienes que estar constantemente peleando los focos de atención. El triunfo es un compromiso del mismo calibre, porque una vez que destacas, el mundo espera que sigas triunfando sobre ti mismo (¿de verdad somos tan desconsiderados?) y el amor no es la excepción: te exige entrega, compromiso, entusiasmo, te exige un harto de pasión.



Pero la pasión es para los corazones (y los estúpidos). Creo que por ahí quedó mi corazón atragantándose con su propia estupidez, pero no sé exactamente dónde lo tiré. He considerado varios puntos cruciales en mi vida como causa de este sumo apagón de vehemencia: El fracaso de mi carrera tecnológica, el fracaso amoroso de Lorena, el fracaso en la vida universitaria y los múltiples fracasos laborales donde no llegué a conseguir un ascenso.
¿Con qué cara le pedimos a otros que se comprometan a ciegas si nosotros no haríamos lo mismo? Ahí es donde radica el problema: el desengaño.

Ya no hay inocencia. No nos entregamos así porque sí porque también así porque sí nos hacen daño, nos embaucan, nos defraudan, nos hieren los sentimientos... "De ninguna manera caeremos de nuevo", nos repetimos aquella paráfrasis, porque ya no somos tontos, ya no somos niños que se engañan fácil, pero ¿de verdad queríamos dejar de ser niños? ¿Siempre deseamos ser adultos?

Les (nos) hemos vendido la idea de que ser adulto es lo máximo pero ya ni siquiera esa falacia está funcionando. De pequeños jugábamos a ser adultos pero de adultos ya no podemos jugar a ser niños porque no es propio (¿qué no lo propio es personal y no general?) de un adulto.
Los adultos somos androides. Somos carcasas y mecanismos bien aceitados. Somos todo lo que todos querían que fuéramos, y pocos tienen la suerte de ser lo que de niño querían ser: niños grandes con juguetes grandes. Cometemos el muy imbécil error de arrancarnos el corazón de adolescentes para ya no sufrir más y usar la razón, pero la misma razón, veinte años después, te dice que la única razón buena para quitarse el corazón es para suplirlo por uno nuevo. Entonces ahí vamos como los nuevos robots que la sociedad esperaba en sus filas.

Estoy apunto de cumplir 5 meses sin ir a terapia psicológica. Dejé de ir porque quien me atendía jamás supo desescombrar mis adentros, pero sí supo darme a entender que lo mejor para mí era dejar mis obsesiones (pueden llamarle pasiones, si gustan) y ser un poco más "normal".


MI niño interior se rehusó... aunque para el caso, él lleva desaparecido casi el mismo tiempo.

Desde (siempre) entonces me volví adicto a la ira. El odio me ha impulsado más que cualquier otro concepto noble que pudiera mencionar. Es el odio quien a conducido mis pasos en este adverso sendero.


El odio jamás fue malo, sólo estaba un poco incomprendido ¿saben? Es preferible moverse aunque sea por algo tan ruin que simplemente estar quieto, no hacer nada y ser otro espectador más del giro de 360 grados que da el mundo cada 24 horas. Ése es el único arrebato que de vez en cuando me queda: arranques de ira y odio desmesurado que me hacen sentir vivo, que me dan un color que no sea gris, que me da el calor del coraje para, al menos, no estar como mi amigo, siempre tibio
Ese amigo mismo incluso me confesó que todo su embrollo de haberse enredado con una prostituta no le hizo perder la cabeza, no como él esperaba que fuera, no lo suficiente para salir de su tibieza.

Otro amigo me confió lo mismo y es por eso que ha prosperado su Invierno.
¿Qué nos pasa hoy en día que encontramos en el nihilismo la única respuesta (insatisfactoria) a tantos cuestionamientos propios? Vamos buscando cometer estupideces día tras día tras día buscando sentirnos vivos porque ningún deseo ferviente nos mueve, ni siquiera la búsqueda desesperada de signos vitales en nuestras acciones se define como pasión: también es, casi, un proceso automático.

En cuanto a mí, bueno, es un fenómeno que tengo bien identificado: estoy en el eterno loop de no saber que hacer con mi vida, pues me encuentro en el punto exacto donde debería entregarme en cuerpo y alma a alguna de los cinco sueños que persigo, pero es tanta mi obstinación a quererlo todo, que no estoy dispuesto a sacrificar los otros 4 sólo para tener uno... Y aquí estoy, acampando en la bifurcación de mis caminos esperando a ver hacia donde correr (porque seguramente iré tarde) o a que alguien decida darme un aventón a cualquiera de los cinco sitios que pueda llegar. Por eso me mantengo tibio, quieto, inhibido: para no arriesgarme a entregarme a algo que no me va a dar frutos porque ya habría sacrificado otras cuatro posibles historias sobre mi vida.

Somos nosotros los drones los que tenemos mecanismos internos bien identificados, los que razonamos con nuestros propios flujos y los calculamos, los que convertimos el desarrollo humano en un proceso cuantitativo, los que jugamos con nuestras propias variables y anotamos los resultados, los que vemos nuestra personalidad funcionar como en una novela de Steampunk. Somos inteligencia artificial, preprogramada, porque no tenemos inteligencia real: la que proviene del descubrimiento, de la ingenuidad intrépida y divertida, la que proviene de la frágil y volátil inocencia.

"Ya las ganas de vivir sin ella las mismas no son, 
ya la mente piensa más y siente menos el corazón,
ya la vida, aquella apasionada, se enfrió sin dudas
y la emoción de una canción hoy es sólo un montón de arrugas". - Al2


Seguidores