sábado, 27 de octubre de 2012

Rostros y máscaras


En la vida todo es una puesta en escena. En efecto, todos somos el papel que queremos (o debemos) desempeñar. Goffman ya lo había explicado perfectamente en su teoría de la "Dramaturgia Social" y aunque su ejemplo es burdo y carente de rigor científico (esa caprichosa palabra), lo cierto es que de momento, tanto para psicología, sociología, comunicación, política, filosofía (¿existe?) y demás ciencias sociales es uno de los mejores modelos de el porqué y los quiénes del comportamiento humano.

En mi particular caso, sin duda estoy consciente de los papeles que me toca interpretar. Seguido soy el hermano consentidor, el niño que juega con su hermana menor, el compañero de charla, el hijo pedrilecto o el pequeño convaleciente. He sido mejor amigo, discípulo, maestro, amante perfecto, amante encubierto, yerno de ensueño, cuñado y compadre, acople, alumno destacado y rebelde de la clase; revolucionario idealista y sociópata fascista; mesías, ídolo, padre para algunos y antihéroe, bufón y poeta; he sido un hijo de puta y un santo; ladrón y ciudadano ejemplar; amigo, conocido, desconocido, pretendiente y "mejor amigo" para infinidad de mujeres... He sido de todo pero, ¿alguna vez fui yo?

Hoy por la tarde, un compañero de trabajo me preguntó en el comedor por qué decidí renunciar. Le comenté que si quería escuchar la versión oficial o la versión verdadera "verdadera". El más común de los morbos le hizo responder que la versión real. "Bueno", le comenté - "es una historia larga pero te la resumiré...", justo en ese momento iba entrando un compañero del que no doy ni un miligramo de confianza. Rápidamente, interrumpí la plática para hacerme el gracioso con él al entrar y evadir el escenario de confesionario. Estuve a punto de contarle todo: de cómo detestaba el conflicto de confrontación por dinero con los repartidores, que no toleraba la presión, que no sentía que me interesara el trabajo y sobre todo, que estuve a punto de suicidarme y que comenzaría un tratamiento intensivo de terapias y fármacos para mi depresión crónica... Pero tuve que actuar, nuevamente.



Una mujer que en el pasado utilicé, quiere que esté con ella pero yo de antemano no la acepto como es... y le sugerí lo inhumano: cambiarla por completo para que sea lo que yo quiero ( y exijo) que sea. Aceptó... pero no me convence. No me convence porque yo estoy consciente de lo fatigante que es el protagonismo responsable; de lo agobiante que puede ser ser feliz pero no ser tú, de la opresión de la esencia misma... hasta el desconocimiento, justo como ahora me sucede.

Mi chica ideal, siendo sincero (y estúpido) es una mujer como yo, simplemente. Ya no estoy dispuesto a cambiar por nadie que no sea esa persona que me garantice todo. Necesita una zona de confort, un sitio donde NO ACTUAR, un camerino amoroso donde ser un cerdo o un caballero sea lo mismo porque todo eso es YO. Quiero desnudarme ante alguien y descubrir que no estoy solo, porque esa persona se desnuda ante mí y tenemos las mismas llagas a causa de la incomprensión. Quiero un lugar donde pueda estar en paz y no me adapte, si no que la naturalidad sea premisa para la armonía del convivio.

Yo, tan harto de fingir ser lo que soy pero no soy (nunca se puede actuar en la oposición de lo que se es), quiero encontrar un punto ciego social donde pueda actuar sin papel designado con un solo propósito: DESCUBRIR QUIÉN SOY VERDADERAMENTE, qué hay detrás de mis 1000 máscaras diplomáticas, qué rostro me dibuja.

¿Quién soy fuera de mis pretensiones que son un reflejo de las expectativas ajenas? Llevo tanto tiempo actuando que no recuerdo que soy en realidad...

Y buscando, en este carnaval anárquico que ustedes parafrasean como "vida en sociedad", entre tantas máscaras, entre tanto disfraz, busco el rostro suave y delicado de la felicidad.

Aunque en una metáfora más profunda, si la felicidad tuviera un rostro, si la felicidad fuera un personaje, sería SLENDER MAN: un sinrostro siniestro, inesperado, sorpresivo... que lleva todo al borde del suspenso.




miércoles, 24 de octubre de 2012

Una vida con depresión: vivir o no vivir.

Mi madre siempre ha sufrido depresión crónica. Cuando era niño, una vez se puso tan fuerte su depresión que marcó a una ambulancia para que la asistieran. Me ha tocado verla, en el transcurso de mi adolescencia, plañir secretamente en la soledad de su habitación... aún sabiendo que la escuchábamos.

Estoy casi seguro que los dos más afectados por su condición hemos sido los dos últimos hijos: mi hermana menor y yo. Es posible que heredáramos esa disfunción cerebral (si existe tal) que predispone a la depresión, o tal vez que aprendiéramos el hábito de ver todo en un infinito y cíclico sinsentido. Pero también he aprendido de ella trucos, atajos para sobrellevarla en el día con día como quien acepta su monstruo interior.
Hoy descubrí, al visitarla fugazmente, que ya soy bueno escondiendo mi estado deprimido. La visité, quería llorar (lo juro) y sin embargo estuve sonriente, hice un par de chistes e hice comentarios desairados habituales que a nadie sorprenderían. Me fui de ahí y la voz de mi madre confiada al despedirme me dio a entender que, en efecto, me hecho de una máscara para sobrevivir la vida en sociedad, porque ¿Quién quiere como amigo a alguien que sólo vive o ve la vida como una desgracia?
Recuerdo que en la preparatoria solía deprimirme pero no era bueno disimulándolo. Me alejaba, y daba vueltas y vueltas por ahí. Escuchaba música en mi celular pero lo hacía solo porque, si algo nunca compartí con alguien, fueron los mismos gustos musicales. Recuerdo, incluso, una vez llegué tan deprimido que comencé a llorar de la nada, a llanto tendido. Eso ya no sucede... no al menos, en público.

Todos creen que después de lo que pasó han cantado victoria porque ya no pienso en suicidarme... pero es radicalmente falso.

Hay días en que quisiera tomar una escopeta y vaciar los cartuchos a diestra y siniestra sobre la gente que me tope y al final volarme la cabeza como Kurt Cobain en forma de metáfora de que mi cerebro reventó por tanta presión.

Aún estoy terriblemente deprimido, aún me siento más marginado y solo que antes, no quiero imaginarme cuando, nuevamente, esté desempleado.
Hoy, en mi andar por la ciudad, múltiples veces visualicé formas de suicidarme: desde lanzarme de un segundo piso en una plaza comercial hasta cruzarme con los autos para ser arrollado. No, nadie debería creer que eso terminó; por el contrario, apenas empiezo a abrazar aún más la idea de la muerte como un final digno para una historia antes de que pierda su dignidad. 


Yo... yo ya le perdí el miedo a la muerte. Cuando la vida es algo indiferente, conservarla o no, no me afecta en lo absoluto. Para un ateo convencido como yo, la muerte no representa un fuego eterno que me impida dejarme morir o un paraíso apremiante, ni una segunda oportunidad en otra vida. Para mi escepticismo, no es mas que el definitivo adiós, el dormir involuntario y permanente, la ignorancia absoluta, la extinción del "yo"; para mí, morir es terminar con todo y qué más da ya lo que pase después de mi muerte: yo no estaré ahí para sentir tristeza, lástima, autocompasión o vergüenza por cómo haya muerto. Sí, mis familiares estarán muy tristes , pero ellos son más fuertes que yo, no veo el porqué no lo superen y mejor, vivan más felices sin la carga de alguien que no era autosustentable en su propia felicidad. 

En cambio, sí temo vivir. Me da miedo estar lo suficientemente vivo para descubrir mi propio fiasco, encontrarme con que no valía la pena quedarme. Tengo miedo a vivir lo suficiente para asquearme de hacerlo; miedo de vivir aburrido, con tedio, vivir alienado... Vivir porque no lo elegí yo pero "es lo que hay". Sí, tengo miedo a la opresión y a las autoridades absolutas, a no ser yo quién dirija mi vida, miedo (trillado) a vivir de rodillas. Según mi psicóloga, es una fobia que repito por temor a la autoridad tiránica que representaba mi madre. Suena elocuente, pero tengo mis reservas al respecto de la teoría (y de la psicología).

Desde que mi "episodio" suicida se hizo público, mucha gente me pregunta diario cómo estoy. También, algo que noté, es que todos me dicen que piense en la gente que me aprecia, en los que se preocupan por mí... Pero eso es falaz. Vivir para preocuparle a los demás es peor que suicidarse sin tomarle importancia a tus cercanos; vivir acosta de ellos es todavía más ruin.
Me han dicho que busque metas, que me proponga cosas: la mayoría de ellos no saben que ya las tengo y que precisamente estoy consciente de lo muy difíciles que será alcanzarlas, de lo mucho que tendré que sacrificar y del posible fracaso que alcance al intentarlo. Estaría dispuesto a jugar ese reto... si pudiera guardar partida y empezar de nuevo como en cualquier videojuego.


La única buena razón que tengo para vivir tal vez sea averiguar si hay una buena razón para haber vivido... En tal supuesto, supongo no ser el único en este limbo de apatía existencial.

lunes, 22 de octubre de 2012

Al filo de la autodestructividad (Porqué desaparecí de internet).

Para quiénes me conocen o me siguen por Twitter, sabrán de mi personalidad que tiende casi siempre a la depresión. Soy una persona que fácilmente se desilusiona y desanima, eso aunado a muchos trastornos que tengo en mi personalidad (ego, perfeccionismo, falta de autoapreciación personal, dependencia emocional, indisciplina, una justificada misantropía, etcétera), por lo que siempre me he considerado una persona conflictiva, inclusive, recuerdo que varias personas me han dicho que mi mirada tiene un tono de tristeza.
Les repito: mi naturaleza es la verdadera entropía.

Bueno, lo que sucedió esta semana redefinió todo, aunque tal vez el término más correcto para mi situación sería: "terminó por definir".

Desde que tengo memoria, suelo ser muy ocurrente con lo que me rodea. Soy de ese tipo de personas que si ve un arma de fuego o un objeto contundente ya está pensando a quién disparar o a quién apalear. Si veo un hacha, ya estoy pensando en cortar un árbol, si veo una sierra, ya estoy pensando en serruchar "lo que sea", si veo un martillo ya estoy pensando en qué destrozar, si veo un taladro, pienso en perforar algo... Soy práctico e inmediato en ese aspecto.
De la misma forma, soy de esas personas que si ve una cuerda y una viga, piensa en ahorcarse o si se encuentra parada desde un punto muy alto, piensa en lo que sería lanzarse despreocupadamente y esperar lo inevitable, de la misma forma en la que a veces me pregunto que sería apuñalarse directamente el corazón en público.

En este punto de la lectura, ustedes podrán constatar que no mentía cuando decía que mi naturaleza autodestructiva no era broma. Por lo general, gusto de meterme en problemas; pensaba que era una forma de probarme a mí mismo pero ahora pienso todo lo contrario.
Pero si usted cree que hago alarde de algo de lo que no me siento orgulloso, tal vez tengas razón, le aseguro que, conforme sigas leyendo, entenderás el porqué de éste "pavoneo" lastimero.


El fin de semana pasado fue pasivo. No salí con nadie y aunque tenía una fiesta el viernes, preferí no desvelarme ya que al día siguiente trabajaba temprano. El sábado ni siquiera me esmeré en buscar un pretexto para salir: ahí estaba la consola y mis ganas de huevonear exigiendo atención. Para el domingo, fui a trabajar y regresé rápidamente al salir para ir camino a casa de mi madre. Ese día recibí una llamada de Telcel sobre efectuar un pago para no cancelar mi contrato (lo cual, para quiénes desconozcan, es muy problemático, ya que entre los artículos de cancelación está la indemnización) por lo cual me entristecí un poco al pensar que mis deudas están lejanas de saldarse.
Fui allá, entregué un dinero y me entretuve jugando un rato con mi hermano. Intenté instalarle un dispositivo y al desistir le marqué a mi padre para que pasara por mí.
En el camino tuvimos una charla amena. Regresamos y nos dormimos. Al día siguiente las cosas ya estaban raras.

Sentía esa presión de estar solo, abandonado, esa intolerancia a estar vivo. No me sentía agusto de ninguna forma con mi situación. Ese día cerraba así que no hubo problema alguno en la tarde puesto que estuve muy ocupado, pero el día siguiente sí que fue un problema. Abrí temprano y por ende, salí en la tarde.
Ese mismo día mientras comía recibí otra llamada  y fue bastante desmotivante que, en lugar de recibir la llamada de un amigo, fuera un servicio de cobranza exigiendo un mínimo pago; me comprometí a pagar el jueves.

Al regresar de trabajar muchas cosas me rondaron por la cabeza. Como siempre he dicho, el transporte público es una buena forma de elaborar historias viendo tantos rostros ajenos, pero se convierte en una horrible desventaja cuando esperas que esas historias se hilen a ti y terminas siendo otro triste espectador. Pensaba en todo lo que me había sucedido, todo lo que me esperaba, si podría o no salir pronto de mi situación. Una chica atractiva me hizo bajarme una estación antes de la mía y decidí aprovechar para caminar y reflexionar un rato en lo que iba a pagar mi factura de Telcel (que se encuentra camino a mi casa). Caminé anónimamente y un poco avergonzado, aún no me acostumbro a mi actual aspecto tan pulcro y ridículo. Pasé por bares y vi estudiantes. Pasé por mi universidad (o anterior universidad, que, por cierto, también está de paso) y vi más universitarios por la tarde, platicando, dialogando, despreocupados, viviendo su juventud, siendo "felices". Sentí una terrible envidia por sus certezas, por estudiar y aprender, por ser remunerados cuando están siendo privilegiados, por vivir lo que les "corresponde". 


Pensaba en lo que me hacía falta pagar y lo que me hacía falta comprar, en las ganas que tengo de salir con una chica que me aprecie en verdad y no sólo me utilice como fuente inagotable de autoestima y consejos. Cuando llegué a la computadora, lo primero que hice fue cargar el capítulo nuevo de Dexter (una de mis series favoritas) que no había visto al día anterior por culpa del trabajo.
Mientras cargaba, estuve en Facebook un rato sólo para descubrir que una de las mujeres que me interesaban ya tenía novio. No había nada entre ella y yo, sólo un crush y fin, pero me convierto en un niño de 5 años al lidiar con el rechazo. Me sentí mal y rápidamente busqué alguien con quién iniciar una charla y desahogarme pero no encontré a nadie que pudiera entender mi situación. 

El capítulo cargó completamente. Lo vi por completo y al terminar de verlo sentí un enorme vacío (no sé si por la empatía que generó o simplemente porque acrecentó el hueco en mi interior), y me sentía extraño. Hablé con una chica de confianza y le dije que eliminaría mi Facebook y mi Twitter. A la par, hablé con la chica con la que hace poco tenía planes de vivir juntos (como pareja, que dicho sea de paso, tales planes se han cancelado ya) y no recibí ninguna palabra de aliento, sólo frialdad en las respuestas.
Esa misma noche desactivé mi cuenta y de la misma forma, los pensamientos suicidas comenzaron a rondar en mi cabeza. Recuerdo aún que alrededor de la madrugada comencé llorar sin recordar exactamente porqué.

Al día siguiente doblé turno y tenía esa sensación de conectarme a algún sitio. Abrí mi cuenta alterna de Twitter y al ver que muchos notaron mi ausencia, sólo contesté a ciertas personas. Decidí, de nueva cuenta, para evitar desahogos innecesarios borrar también mi cuenta alterna y lo hice...

Por la tarde, mi jefe inmediato, mi gerente y el supervisor de gerentes me mandaron llamar para charlar conmigo. Era el momento del ultimátum: mi semana de capacitación había terminado y querían ver una notable mejoría en mi desempeño, de lo contrario, tendrían que despedirme. Francamente, ya esperaba que hablaran conmigo... contesté animoso y convencido de querer quedarme (aunque ni de tonto mencioné que lo hacía porque la paga era buena aunque todo lo demás fuera un asco).
Esa misma tarde cometí muchos errores y me retiré del trabajo muy desmotivado. Al llegar a casa quise charlar con mi padre pero al final me retracté y me limité a conectarme a Internet. Me conecté a Skype y se encontraba la chica que ya tenía novio. Bueno, sólo se me ocurrió decirle "Nos vemos en la otra vida", y la borré.

Estuve ahí conectado un rato. Mientras, me propuse ver el video de Amanda Todd, el caso lo leí en la tarde y algo me impulsó a verlo, como buscando en ella el mal ejemplo a no seguir. Cuando terminé de verlo, nuevamente estaba llorando y, contrariamente a lo que pensaba, vi en ella una inspiración. Fue entonces cuando escribí mi último post... Ya tenía varias semanas en pensar en duplicar la dosis de Fluoxetina porque no había sentido mejorías y siempre he creído que soy algo inmune a las drogas o fármacos. Quise investigar si podría ser víctima de sobredosis en caso de que abusara y, nuevamente, en lugar de temerle, me gustó la idea.
Me dormí con un extraño hormigueo en el pecho y con la certeza de que mañana  tendría mucho tiempo a solas para pensar.

Me desperté hecho mierda, con una sensación de querer dormir y no poder. No estaba bien, algo andaba terriblemente mal en mí, era como una sensación de aire que subía y bajaba en mis adentros... y me presionaba.
Bajé a orinar, me vi en el espejo y no me gustó para nada lo que vi: yo y un puñado de ojeras debajo de ambos párpados reclamando un aspecto moribundo.
 Fue entonces que recordé que tenía que tomarme el medicamento... tomé el bote y me eché el resto de pastillas que tenía, luego bebí agua.
Me conecté y platiqué con mi hermana mayor sobre los efectos (ella es QFB) y me dijo que no lo intentara. Le confesé todo... intentó reanimarme, no pudo. Me desconecté. Comencé a llorar a llanto tendido y mientras me veía en el espejo, recitaba las canciones depresivas que escuchaba (porque, ¿qué es una depresión sin un buen SoundTrack que la acompañe?).
Estaba mal. Tomé otro frasco de pastillas y pensé en abrirlo. Pensé en las palabras de mi hermana y me detuve. Pero me sentía terrible. Recordé a Lorena y lo mucho que me hizo sufrir y las ganas de matarme en aquella ocasión cuando recién la había perdido. Otra vez miré hacia el frasco... "¡NO, NO, NO, NO!", me repetía en mis adentros mientras recitaba una canción y lloraba incesante.

Después, sentí nauseas y posteriormente sueño. Me acosté porque no quería ignorar al sueño. Desperté 15 minutos a la 1:00 pm y recordé que tenía que realizar ese pago que me comprometí. Me vestí y salí a caminar. Fui y realicé el pago, con miedo a la que cajera me viera con lástima por la cantidad que depositaba comparada a la que debía urgentemente. 

Me retiré de ahí y al sentir latiente mi necesidad de contacto humano y no habiendo sido la casualidad motivo para encontrar a alguien, decidí entrar a mi antiguo centro universitario para ver si encontraba a alguien. Caminé por sus pasillos, encontré un viejo compañero que se cambió de carrera. Me saludó y lo saludé nervioso, principalmente porque se encontraba rodeado de "gente bonita".
Seguí mi camino y decidí ir a comprar cigarros. Compré dos y el primero lo fumé. Resentí el ardor en el estómago mientras fumaba y me relajaba sentado en un banca, viendo a nadie y pensando en todo. "¿Qué iba a hacer?" La pregunta que dio vueltas de campana en mi cabeza todo ese rato mientras se consumía el cigarro. Lo terminé y me sentí extraño, impropio al ambiente. Decidí encender el otro cigarro y caminar mientras fumaba.
Caminé con la inocente esperanza de toparme con alguien de casualidad... y lo hice. Al terminar mi cigarro, me topé con una chica que conocí años atrás porque me atraía, le había pedido su número y al final nunca salimos, pero si charlábamos cada vez que nos topábamos.
La saludé, estaba nervioso. Ella comenzó a preguntarme qué cómo estaba (¿tendría idea de que en la mañana intenté intoxicarme?), que qué había hecho y esos convencionalismos para iniciar una vieja charla. Le volteé el rol y ella me contestó cómo le estaba yendo. Me contestó y yo comencé a contarle mi lastimera historia de haberme dado de baja de la carrera por no poder con la escuela y el trabajo. Luego, que vivía cerca, que sólo fui a caminar... Le pregunté que qué más había hecho y que si tenía novio. Evadió mis preguntas de forma incómoda, reiterando que le había ido muy bien y, al sentirla incómoda, finalicé la charla con "tengo que irme". Me despedí y le di un abrazado, el cual, sentí forzado, no hace falta mencionar que me sentí peor si no lo hubiera recibido ¿verdad?

Seguí caminando regreso a casa y me sentía un zombie. Aún tenía ganas de llorar. Al llegar a mi casa (que no es mía) me sentí igual de intruso que los primeros días que me mudé ahí. No reparé ni en saludar y subí directamente a mi habitación. Intenté jugar Mortal Kombat y al recibir paliza tras paliza, apagué la consola. Encendí la computadora pero no vi razón para tenerla encendida. Intenté, incluso, ver porno y no pasó nada. La apagué y volví a dormirme. Me despertó una llamada de mi madre diciéndome que si estaba deprimido, podría ir a verme. Le dije que estaba bien (mentí) y me volví a dormir al colgar.
Cuando desperté bajé a beber agua, me sentía crudo...
Aún estaban esas 28 pastillas de fluoxetina esperando por mí si realmente estaba decidido... en eso entró mi hermana menor.
El resto de la historia yace aquí.

Salí de casa de mi madre. Me pareció ver el auto de Lorena así que me quedé un rato en una esquina por si volvía, interceptarla y decir lo primero que me pasara por la cabeza, sólo quería desahogarme. Por suerte, eso no sucedió así que después de una hora y cuarto me retiré y me fui a mi casa.
Al regresar, estuve ahí y las ganas de esfumarme no se habían ido, pero al menos no estaban taladrándome la tranquilidad, así que decidí jugar videojuegos.

Llegó mi padre y fingí que nada pasaba, pero eso no duró mucho: mi madre marcó a los 20 minutos y le contó todo lo sucedido.
Mi padre se sentó y charló conmigo y me desahogué. Hablamos de todo... Le dije que las historias de mi tío más grande y como era un fracasado problemático, me hicieron pensar que yo terminaría igual.
Y pues sí, dijo lo que un padre haría. También dijo que al ver la situación, era necesario que me atendiera de inmediato con un psiquiatra y que también fuera a recibir terapias en donde mi psicóloga me había recomendado asistir para complementar la terapia.

Nos fuimos a dormir. Era Viernes por la mañana e inicié mi día con toda la actitud, como renovado.
Puse a lavar ropa y llegó el momento de retirarme a trabajar.

Llegué allá y un día estresante me esperaba, así que comencé con llamadas de atención, mucho trabajo y mi ánimo se fue cayendo. Para la noche, un amigo me mandó un mensaje para buscarme. Al salir de trabajar y llegar a mi domicilio, él ya me esperaba. Me cambié y nos fuimos a un bar. Charlamos de lo sucedido, me contó que se enteró por un amigo que vio mi blog y que corroboró la historia con mi hermana menor, precisamente, por ver las entradas que enlacé arriba. No sabía de tales entradas. Seguimos charlando en la noche y una vieja compañera de carrera (que por cierto, me odia irracionalmente) estaba en el bar y fingió no verme. Charlamos sobre motivos de "porqué" vivir, aunque no me dio ninguno de peso. Cuando iban a cerrar el bar, nos fuimos a otro que siempre tiene música y gente. Pero entramos y no me sentí cómodo. Bebimos un par de cervezas y al cruzarse con el whiskey que bebimos durante toda la noche me sentí ebrio.
Nos retiramos y me llevó a mi casa. Le di las gracias y me dijo que buscara a Jesús (en tono de broma). Me retiré a dormir. Eran las 4 am (o más) y sólo llegué y me acosté.
Me desperté temprano, aunque mi padre ya se había retirado.
Sentía jaqueca por la desvelada y crudo por la bebida. Me volví a deprimir y las ganas de arrebatarme la vida ahí estaban otra vez, ¿qué demonios me sucedía?. Esta vez me dio miedo. Encendí la computadora y busqué en el Tumblr de mi hermana la historia de lo sucedido. La encontré y comencé a llorar, me sentí mal: yo, su principal soporte, se quería autodestruir. Ella, que tenía 15 años y la había tenido mucho más difícil que yo en la adolescencia, había encontrado razones para vivir... Fue entonces que decidí escribir este post, para desahogarme antes de cometer otra estupidez. La hora de irme a trabajar había llegado y no alcancé a terminarlo. Ese sábado me volvió a ir mal en el trabajo (tuve que pagar una cuenta que se retrasó por mi culpa).
Llegué a casa de la novia de un amigo en la que yo puse la comida y todo estaban platicando. Fue una buena noche y entonces le tomé un poco de sabor a la vida. El día siguiente era domingo. Charlé con mi papá mientras desayunábamos de que tal vez pronto perdería el empleo. Me dijo que no me desanimara, que ya saldríamos adelante.
Me alisté y me fui a trabajar. También fue un mal día, pero al regresar al menos estaba mi padre para charlar.
Hoy es Lunes, no quiero ir a trabajar... no, al menos, para cagarla nuevamente y sentirme más inútil de lo que ya me siento. 


¿Quiero vivir? No lo sé... Los únicos motivos que tengo para vivir es comprarme un par de videojuegos, asistir a un concierto y comprar un nuevo Smartphone.

¿Volveré a Facebook o Twitter? Tampoco lo sé... no quiero estar en un sitio donde dar lástima puede ser el papel a desempeñar cada día. Donde tengo que pretender estar bien para que la gente me acepte y donde sólo hay cariño público e indiferencia íntima.

Y aquí es la convergencia de mi caos: la incertidumbre de mis acciones me hace vivir y querer morir todo el tiempo.
Yo no era impulsivo... pero poco importa lo que se era cuando es diferente a lo que se es.

miércoles, 17 de octubre de 2012

¿Será mañana?

Mañana es Jueves, ese día que tanto temo. Estoy pensando en matarme mañana... Sería bastante irónico morir el mismo día que siempre me trajo desventuras. Sería como un decirles: "¿Ven? los jueves son del diablo".

Tal vez mi historia debería terminar mañana... abrupta y sin explicación otra, como una mala serie de televisión que no fue capaz de atrapar a su público.
Mi vida es así: un protagonismo mediocre para vouyeristas poco críticos.

Ya que mas da la vida o la muerte... si se vive para pagar la segunda. Pues bien, yo no estoy dispuesto a entrar en ese juego.

Mi vida está sobrevalorada, como la de todos ustedes. Tal vez, es buen momento para darles a ustedes (y sobre todo, a mí) una lección de cómo actuar con congruencia.

Descansen...

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