En la vida todo es una puesta en escena. En efecto, todos somos el papel que queremos (o debemos) desempeñar. Goffman ya lo había explicado perfectamente en su teoría de la "Dramaturgia Social" y aunque su ejemplo es burdo y carente de rigor científico (esa caprichosa palabra), lo cierto es que de momento, tanto para psicología, sociología, comunicación, política, filosofía (¿existe?) y demás ciencias sociales es uno de los mejores modelos de el porqué y los quiénes del comportamiento humano.
En mi particular caso, sin duda estoy consciente de los papeles que me toca interpretar. Seguido soy el hermano consentidor, el niño que juega con su hermana menor, el compañero de charla, el hijo pedrilecto o el pequeño convaleciente. He sido mejor amigo, discípulo, maestro, amante perfecto, amante encubierto, yerno de ensueño, cuñado y compadre, acople, alumno destacado y rebelde de la clase; revolucionario idealista y sociópata fascista; mesías, ídolo, padre para algunos y antihéroe, bufón y poeta; he sido un hijo de puta y un santo; ladrón y ciudadano ejemplar; amigo, conocido, desconocido, pretendiente y "mejor amigo" para infinidad de mujeres... He sido de todo pero, ¿alguna vez fui yo?
Hoy por la tarde, un compañero de trabajo me preguntó en el comedor por qué decidí renunciar. Le comenté que si quería escuchar la versión oficial o la versión verdadera "verdadera". El más común de los morbos le hizo responder que la versión real. "Bueno", le comenté - "es una historia larga pero te la resumiré...", justo en ese momento iba entrando un compañero del que no doy ni un miligramo de confianza. Rápidamente, interrumpí la plática para hacerme el gracioso con él al entrar y evadir el escenario de confesionario. Estuve a punto de contarle todo: de cómo detestaba el conflicto de confrontación por dinero con los repartidores, que no toleraba la presión, que no sentía que me interesara el trabajo y sobre todo, que estuve a punto de suicidarme y que comenzaría un tratamiento intensivo de terapias y fármacos para mi depresión crónica... Pero tuve que actuar, nuevamente.
Una mujer que en el pasado utilicé, quiere que esté con ella pero yo de antemano no la acepto como es... y le sugerí lo inhumano: cambiarla por completo para que sea lo que yo quiero ( y exijo) que sea. Aceptó... pero no me convence. No me convence porque yo estoy consciente de lo fatigante que es el protagonismo responsable; de lo agobiante que puede ser ser feliz pero no ser tú, de la opresión de la esencia misma... hasta el desconocimiento, justo como ahora me sucede.
Mi chica ideal, siendo sincero (y estúpido) es una mujer como yo, simplemente. Ya no estoy dispuesto a cambiar por nadie que no sea esa persona que me garantice todo. Necesita una zona de confort, un sitio donde NO ACTUAR, un camerino amoroso donde ser un cerdo o un caballero sea lo mismo porque todo eso es YO. Quiero desnudarme ante alguien y descubrir que no estoy solo, porque esa persona se desnuda ante mí y tenemos las mismas llagas a causa de la incomprensión. Quiero un lugar donde pueda estar en paz y no me adapte, si no que la naturalidad sea premisa para la armonía del convivio.
Yo, tan harto de fingir ser lo que soy pero no soy (nunca se puede actuar en la oposición de lo que se es), quiero encontrar un punto ciego social donde pueda actuar sin papel designado con un solo propósito: DESCUBRIR QUIÉN SOY VERDADERAMENTE, qué hay detrás de mis 1000 máscaras diplomáticas, qué rostro me dibuja.
¿Quién soy fuera de mis pretensiones que son un reflejo de las expectativas ajenas? Llevo tanto tiempo actuando que no recuerdo que soy en realidad...
Y buscando, en este carnaval anárquico que ustedes parafrasean como "vida en sociedad", entre tantas máscaras, entre tanto disfraz, busco el rostro suave y delicado de la felicidad.
Aunque en una metáfora más profunda, si la felicidad tuviera un rostro, si la felicidad fuera un personaje, sería SLENDER MAN: un sinrostro siniestro, inesperado, sorpresivo... que lleva todo al borde del suspenso.