viernes, 24 de agosto de 2012

Cigarrillos... que me fuman.


Salí de mi habitación a fumarme, en el más incongruente de los placeres, un cigarrillo de una marca que terminé aborreciendo, pero al haber comprado la cajetilla (más barata) y al probar el primero de ellos me dije con tono de resignación: "Ni modo, ya te chingaste, ya los pagaste con lo poco que tienes y ahora te los terminas".

Comencé a fumar formalmente a los 19, cuando el estrés de aquella oscura adolescencia se me lanzó encima como un gorila furioso intentando destrozarme la cara a puñetazos. Recuerdo que cada cigarro que me terminaba en las paradas de camión, en espera de una ruta difícil de capturar con una mano alzándose sobre la calle, me sabía al más puro de los fracasos... Pasaba de tener sólo 19 años a tener 34 y sentir que ya estaba tirando mis horas en una vida que no tenía vuelta atrás.


Hoy tengo 22 años y el mismo sentimiento me acompaña. Lo fumo y pienso en las malas decisiones que tomé, en lo mucho que disfruto el tiempo libre tirándolo mientras juego videojuegos o aprendo cosas en internet además de hacerme de un itinerario de que leeré y no leeré, de los documentales que veré y los que postergaré, de los contenidos multimedia de entretenimiento que sé que sólo me robaran tiempo útil pero que disfrutaré a cada minuto... si es que la conciencia no toca furiosa la puerta de mi razón apelando a que le pague la renta de lo moral que con tantos intereses acepté adquirir.

Me lo fumo y pienso en mis deudas, en qué otro sitio podría ser mi hogar, en cual podría ser mi trabajo ideal, en mi reciente plan para conseguir un empleo decente y en  cómo he de administrar éste para que no me acorrale en un callejón sin salida de los que tanto disfruto meterme al más puro estilo masoquista.

Ayer me fumé tres cigarrillos mientras llovía, después de que aquella chica a la que le tomé un absurdo cariño me dijera que no siente más por mí de lo que sentiría por cualquier otra persona. Pensaba en que mis sueños de ser escritor también están muy lejanos de mi realidad cercana, que mis letras no dicen nada, que sólo regurgitan desesperación y que yo sólo sé expresar lo que siento y punto... que no sé contar historias mas que la mía y describir la fatalidad con la que ya me siento atado por el registro civil local. Me fumé esos tres cigarrillos mientras el frío me enchinaba la piel por mi ingenua percepción de que seguramente no llovería aquella tarde, abofeteando a mi menos que inmadura esperanza de que todo saliera perfecto cuando sé que la entropía es mi única y verdadera naturaleza. Ella me rechazó, yo me sentí basura reciclable y así de sencillas fueran las cosas.
Este cigarro me lo fumé pensando en que un día tal vez muera de cáncer y me sentiría, entonces, un verdadero estúpido, porque de las formas en las que me he imaginado muerto, una de esas nunca ha sido morir en un hospital de una enfermedad irreversible provocada por mis arañazos de ansiedad y las ganas de controlarla.


Me lo fumé a sabiendas de que el sabor no me gusta, de que no quiero morir estúpidamente, de que debo ACTUAR ¡YA! si quiero obtener lo que quiero y de que de todas las cosas que sé, ésa es de las pocas que ignoro tanto en el aspecto técnico como en teoría.

Me lo fumé sintiendo que en cada bocanada de humo ahí iba una parte de mi alma esparciéndose por el exterior de mi cuarto y volteando a un cielo poco menos que nublado... Me lo fumé porque quería hacerme a la ilusión de que los problemas huían de mí, o que yo huía de ellos en forma de nebulosa.

Todos esos cigarrillos que me he fumado a solas me saben a algo más que soledad: me saben a abandono irremediable. Y éste no fue la excepción, pero sí fue el primero que me recordó que debo dejar de fumar porque como muy poco, porque no duermo bien, porque no me ejercito en lo más mínimo y porque morir por un vicio que nació de un pasado tan obscuro merece ser ofuscado por un inclemente cambio en mi actitud... Empezando por no comprar cosas cuando estoy desesperado por consumir, por ejemplo, una cajetilla de cigarros de marca desconocida.

jueves, 23 de agosto de 2012

Me retracto

Olvídenlo, hoy mismo la escritora me rechazó. Al parecer, pese a que su relación tibia no la tiene conforme, siente más en ella que algo por mí... y eso suena bastante congruente.
Por otro lado, alguien que no me aprecia, que no siente una fuerte atracción hacia mí, no vale la pena.
Algún día me toparé con una mujer de mi calibre, que cuando se trata de amor simplemente lo viva y no se mesure, que lo haga con vida. Tal vez, en ese caso, experimente una entrega similar como hace tiempo lo hice con mi ex.

Hoy por hoy, estoy decepcionado de todo. Recibir de regalo 43 libros por parte de mi departamento de estudio en la universidad fue una bofetada de guante blanco sobre la carrera que tengo y lo mucho que debería aprovecharla. Pero los términos están claros: No tengo futuro (no uno inmediato y por supuesto menos en el ámbito económico).

Sólo queda esperar a qué sucede, seguir buscando un trabajo solvente y que el tiempo otra vez decida hacia donde piraré nuevamente: si hacia mi felicidad o hacia la búsqueda de mi trascendencia.

Detesto escribir únicamente estupideces.

Encrucijada

Siempre fui una persona de "gran iniciativa", no así de gran constancia y disciplina.
Es por eso que no me extraña que actualmente me esté dando el lujo de vivir la vida de un verdadero fracasado, un nini en todo su esplendor.
No duermo bien porque no quiero y siempre me termino arrepintiendo cuando por las mañanas en el espejo veo mis ojeras acrecentarse y hacerme lucir como un vago en toda la extensión de la palabra, sólo que a diferencia de un vago común, yo sólo vivo encerrado en un pequeño cuarto de 3X5 para evitar así cualquier situación inesperada en la que pueda meterme... Temo salir a la calle.

Me integré a un Club de Escritura, creyendo que de una forma mágica solucionarían mi problema de iniciativa para escribir; obviamente me equivoqué. Llevo dos semanas y no he escrito un carajo. ¿Por qué? Por lo mismo de siempre: me cuesta trabajo sentarme y hacer lo propio, sólo eso.

"El problema soy yo", me lo repito constantemente para ver si es resulta en un estallido de furia y coraje que dé como resultado que me saque de este hoyo en el que me considero muy familiarizado, a nivel de creer que ya hasta me hice una camita y puse recuadros en las paredes oscuras para tomarlo como mi hogar.

Me gustan dos chicas, mucho. Una de ellas quiere ser escritora y es una persona muy muy peculiar, aunque está bastante acomplejada, más que yo tal vez. Pero es una mujer indecisa, tan así que tiene novio, no le gusta su relación por ser "tibia" pero no tiene la capacidad de decisión para tirarla y optar por mí. No me extraña y tampoco me culpo por ello. De lo único que me culpo es de no pisotear mi esperanza como un cigarrillo que tarde o temprano está por terminarse y aún así espero hasta que el sabor amargo de la colilla delate que, en efecto, ya terminó y debí apagarlo antes. Así soy de obstinado.

La otra chica es un amor un poco extraño. No tenemos mucho en común, pero es también muy inteligente, aunque a diferencia de la primera no pertenece a una área cultural. Vive en otro estado y es como una pequeña fantasía. Ella no pasa las precariedades que yo paso, vive en un sitio maravilloso (una playa, ¡con un carajo!) y parece dispuesta a todo. Me pregunto por qué yo, por qué un "perdedor" como yo.
Da igual, como mi ciudad también fracasa enormemente en proporcionarme un sitio seguro, un trabajo estable y una educación flexible, cambiarme de aires y mudarme con ella no suena tan loco después de todo; no a pesar de que sé que ella puede meterme en el triple de problemas en los que estoy ahora (oscuro pasado, oscuro futuro) , no a pesar de que es otro estado y tendría que restablecerme, no a pesar de que no la conozco en persona. Mi naturaleza es la entropía.

Y aquí mi encrucijada: quedarme a luchar por una trascendencia que tal vez no logre y a establecerme con una chica que posiblemente jamás esté lista para mí o salir a buscar a una chica que posiblemente se decepcione de mí o, en el mejor de los casos, a vivir la más común y excitante de las aventuras: una aventura hedonista que se pinta por sí sola. Meterme en problemas a veces es apostarle a la segura... Tal vez es por eso que me fascina dibujarme en el centro de estas encrucijadas...


NOTA: De ahora en adelante mi blog será eso, un tonto sitio de desahogo así que no espere gran cosa de mí.

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