Hace un mes y y una semana cumplí años. Veinticinco años. Hace un año, según la media del INEGI, cuento formalmente como adulto. La idea me pareció tan aplastante que, sin querer traté de huir los primeros meses a esa idea. No me deprimió, pero cuando dos meses después me golpeó el hecho de que la cifra había cambiado y que gente comenzaba a verme mayor, con más autoridad, con más experiencia (como si eso me otorgara algo), con cierta responsabilidad, no me quedó mas que asumir el rol.
Tenía esta lucha interna entre asumir cómo me veían el resto o continuar figurándome como recién salido de la adolescencia. No tardó mucho en ganar el fuerte peso que se me había depositado. Y aún hoy me preguntó si me venció la sociedad, la estructura patriarcal que prohíbe la infantilería o simplemente el tiempo trajo la razón y sus toneladas de dolorosa resignación.
Esa resignación, desde entonces, me acompaña... Hoy, se cumple casi un año desde que asumí ese cargo (con resignación). Y entonces se derramaron los días sobre mi rutina; un tiempo tan cristalino que jamás noté su constante flujo.El calendario y los árboles se deshojaron, y los albores y los crepúsculos se volvieron reiterativos. ¿Qué hacía yo mientras eso sucedía?...
Seguir viviendo, pero ni al ego ni a la sociedad eso le ha bastado nunca.