martes, 19 de marzo de 2013

Rupturas

El Domingo 10 de Marzo fue mi último día de trabajo. Fue un día extraño pero, por suerte, benevolente, ya que el trabajo se interrumpió un par de horas porque la electricidad se fue. 


El día finalizó y me sentí bien por la despedida de mis compañeros, que no pasó de ser una simple novatada con agua. Me fui de ahí en bicicleta a mi casa y antes de que cantara victoria me accidenté en ella. El resultado fueron raspones y una clavícula rota. 



Estoy incapacitado. Debería estar buscando trabajo porque no tardo en verme acorralado por las facturas pero en estas condiciones no me lo darán. ¿Fui estúpido o fui víctima de las "entrópicas" circunstancias? Seguramente un poco de ambas respuestas.


Y es que siempre estoy caminando por la frontera de lo permisible, me encanta mantenerme al margen de los parámetros, retar la línea que divide el riesgo de la seguridad.

Pero he notado que eso lo hacemos todos, todos vivimos poniendo a prueba nuestra suerte. Si pensara que el universo lanza lecciones maniqueas de lo que debemos hacer, estaría en este mismo momento asegurándome que jamás tomaré decisiones sin tener opciones seguras pero no puedo hacer eso por dos simples cuestiones: soy demasiado espontáneo para afirmar tal disciplina y no creo en el destino.


Es por eso que me rompí mi clavícula: por ser alguien irregular por no decir "indisciplinado", así como también rompí mi estabilidad económica. Antier intenté ver "Duro de Matar 4.0" pero ya no la disfruté: ahora era consciente de lo frágil que es el cuerpo humano y de esa sensación de súper-hombre que Hollywood nos vende en cada película: se había roto mi sueño de invencibilidad.


Todo se rompe. He roto varias amistades por ponerlas a prueba y he roto relaciones amorosas por exigirles demasiado. He roto relaciones laborales por esperar responsabilidad de las personas y también he roto ropa por usarla en circunstancias inadecuadas. He roto expectativas porque francamente me da pereza sostener la idealización de alguien, así como he roto promesas porque el sentimiento de compromiso obligado es algo que sencillamente me aniquila. He roto corazones y han roto el mío; así, al igual que cuando algo se rompe, aunque lo pegues, ya no vuelve a ser igual: no lo disfrutas porque ahora lo tratas con cautela.


Posiblemente usted piense que soy un tonto, alguien que no mide las consecuencias de sus actos, pero permítame replicarle: está equivocado, mi pecado es ser ingenuo, como todos en esta sociedad. Todos rompemos todo porque no podemos saciar nuestro morbo de ver hasta dónde las cosas aguantan, de encontrar el punto de quiebre para así saber hasta dónde el horizonte nos permite caminar... Y por eso rompemos reglas, para saber cuándo realmente nos castigan. Por eso llegamos tarde, para ver cuánto tiempo se permite llegar. Por eso siempre buscamos bronca con alguien, para saber que aún se nos respeta. Por eso siempre estamos al filo de las infidelidades con un simple beso y terminamos en camas nuevas. Por eso coqueteamos con lo prohibido, nos acercamos a la oscuridad para constatar cuánto luz en verdad hay en nosotros. 



Todo lo rompemos, lo abrimos, vemos de qué esta hecho y la siguiente vez estamos seguros de que recibimos algo que conocemos. Realizamos todas estas barbaridades por la sensación de control y seguridad: destruimos todo para estar seguro de que nada nos puede traicionar.


Así es la ciencia: abre animales, pone todas las sustancias al límite de ebullición, de fusión o de solidificación porque siempre esperamos que haya "algo más". 

Y cuando lo conocemos todo, sabemos que dentro de las cosas, de los animales, no hay nada que pueda asesinarnos; caminamos por la vida con la certeza de que conocemos todos los trucos de lo que nos rodea... Luego llega lo nuevo y necesitamos romperlo, destruirlo, abrirlo nuevamente para dejar de sentirnos amenazados.

Con esa inmadura percepción de la vida, andamos. Hemos caminado 14 mil años destruyendo todo a nuestro paso sólo para sentirnos seguros, porque sólo poniendo las situaciones al límite, creemos que conocemos la frontera del ser humano. 


La especie humana (incluyéndome en ella) es un bebé que apenas recibe entre sus manos el juguete nuevo que llamamos "vida" y ya lo está destrozando por la curiosidad de saber qué es lo que tiene adentro.



Quizá este párrafo es lo que había dentro de mí y usted no lo hubiese leído si yo no me hubiera roto para que saliera...

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